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domingo, 16 de febrero de 2014

DE LOS ESPEJOS

José Manuel Ortiz Soto, autor del cuento breve “Altamira”, fue incluido por su interpretación en la melodía de las sirenas.





Chilangotitlan, febrero, mmxiv. 
Fotos. JP. 

sábado, 15 de febrero de 2014

VENDIMIA


Mario Cruz, autor de “La trainera”, cuento incluido en el sirenario agazapado entre la mercadería vegetal, que ofrece al viandante, no como amenaza.

En su muro de júbilos de Facebook, don Mario expuso: “Está muy guapa tu antología La música de las sirenas, Javier Perucho. Después de leerla me entero que estos seres pueden vivir en el agua, en el desierto y en el aire —sólo les falto el fuego—. Pueden ser santas, inválidas, devoradoras de hombres —¿y de mujeres no?—, mercancía, carta de lotería, víctimas de la sirenofagia. Algunas fascinan con su canto y otras —como la mía— prefieren el silencio. Sabemos que son sexuadas porque algunas son ingeniosamente violadas, e incluso a una de ellas un pervertido le hace el amor por el ombligo… Pero me queda la duda de cómo se reproducen. El libro no me aclara nada: una autora dice que son ovíparas y otro que son infértiles. Yo prefiero la teoría de Santamaría Palmieri (sirenólogo italiano), quien dice que las sirenas son autogenésicas, y su relación amor-odio con los hombres es sólo una diversión de su parte femenina. También hay quien afirma, siguiendo al profesor May Cross, que a semejanza de los caballitos de mar, los que cargan con el peso de la reproducción son su contraparte, los tritones. Habrá que esperar más datos al respecto.” (15 de febrero, 2014.)

Foto: JP, Chilangotitlan, febrero, mmxiv.

sábado, 21 de diciembre de 2013

RESPUESTAS A TRADABORDO

Cuestionario de Caroline Lepage para Javier Perucho



1) Tradabordo (T). ¿Cuánto hace que escribe y qué lo impulsó a escribir?
Como aficionado, desde la infancia. Profesionalmente, desde mis tiempo de la licenciatura en Letras Hispánicas en la UNAM, donde estudié del bachillerato al doctorado.
Ahora bien, mi anhelo de escritor ha sido convertirme en un contador de historias, sueño que sepulté por un tiempo, mientras me afianzaba como editor, historiador y analista de la literatura mexicana. Ya vencida esa ansiedad, acabo de finiquitar “Anatomía de una ilusión”, mi primer libro de relatos.
El impulso: aprehender aquella ilusión postergada que habita en la anatomía de un relato.

2) T. ¿Qué clase de lector es?
Desde que aprendí a leer, reviso los carteles, los grafitos callejeros, la lista de la despensa, los libreros ajenos, los puestos de libros añejos tendidos en la acera. Como lector de libros, reviso dos o tres en paralelo sobre temas históricos, novelas recientes, microrrelato, historia literaria, crónica y poesía.

3) T. ¿Cuáles han sido sus principales fuentes de inspiración llegado el momento de escribir —ya sean del campo literario u otros?
La oralidad. Escuchar a mis compatriotas a la salida del trabajo, mientras faenan, caminan por las calles o riñen en la soledad de sus matrimonios, se ha convertido en el despertador de las historias que procuro narrar. En la búsqueda de los conflictos humanos y su resolución cuentística, ahí encuentro su catalizador.

4) T. ¿Cuando escribe, piensa en el “lector”, si así fuera, quién / cómo / dónde está?
El lector se convierte en mi fantasma cuando el libro, el relato o el ensayo fue hecho público, entonces me ocupo por indagar entre mi lectorado sus impresiones. En ese momento le realizo preguntas dirigidas sobre su comprensión, inferencias, objeciones, dudas; en fin, procuro su retroalimentación.

5) T. Cuando está falto de inspiración, ¿dónde o cómo la encuentra de nuevo?
En el sueño y la vigilia encuentro habitualmente el alimento que inspira los actos de mi escritura. A veces la desata una conversación, una palabra escuchada al azar, la lectura de un libro memorable.
Como se trata de un ente harto quisquilloso, a la inspiración nunca la convoco inútilmente: espero su llegada mientras digito párrafo tras párrafo en la computadora. Si llega, la acompaño y aprovecho la ocasión hasta que se desvanece.

6) T. ¿Nos puede hablar un poco de los cuentos traducidos aquí?
“Vida de la mosca” y “Bolero” fueron entresacados de “Anatomía de una ilusión”, un libro que espera los tipos móviles de la imprenta para su exposición pública.
Bolero (« Boléro »): Nació de una noticia periodística: Apuñalan a un cocinero sobre la estufa de un restaurant. Tragedia que me susurró al oído el conflicto humano al ir compurgando la historia, luego hilvanada en “Anatomía de una ilusión”, en la que adoquina una serie integrada a una novela disfrazada de microrrelatos.
Vida de la mosca (« La Vie de la moche »): en un tianguis, al preguntar por una talla de madera, que reproducía la silueta de una sirena, la artesana oaxaqueña que me la ofertaba espantaba una mosca con unas palabras muy dulces, agitando su mano y pidiéndole suavemente que se alejara de su puesto, o se vería obligada a aplastarla. Si aquí no hay nada dulce, qué buscas aquí, la recriminaba.

7) T. ¿Qué impresión le causa saber que sus cuentos fueron traducidos?
Ahora bien, ¿qué impresión tuve al recibir la noticia de su traducción, que, por lo demás, esperaba con ansiedad? Me impresionó tanto que levité, aunque a días de la noticia sigo volando, pero ya con los pies en la tierra. Notifiqué a mis amigos con la invitación de consultar el blog de Tradabordo, de esa visita se desprendió la iniciativa de un amigo que compone la melodía para “Bolero”, cuya factura tuvo como paradigma compositivo la canción de José Alfredo Jiménez, Por tu maldito amor.
Con las traductoras mantengo una deuda a perpetuidad. Gracias a Élodie Peeters, Sophie Beddow y Cyrielle Peltier, de la Université de Poitiers, por su tiempo, dedicación y amor por la escritura de ficción.

8) T. ¿Qué opinión le merecen las nuevas tecnologías en lo que a literario se refiere?
Como escaparate son ideales para la difusión y exposición del trabajo artístico. Sin embargo, en nada modifican la artesanía de la literatura o de las artes en general, cuya composición seguirá siendo un trabajo compurgado en medio de la soledad absoluta.

9) T. ¿Si estuviera en el lugar de Rilke, qué consejos le daría a un “joven poeta / escritor”?

Nunca sería capaz de usurpar el lugar del Poeta. Y en caso de que me solicitaran un consejo apenas diría que el duro y permanente trabajo hacen al escritor.

Entrevista publicada en Entretiens Lectures d’ailleurs:

lunes, 28 de junio de 2010

PROGRAMA DE LOS RAROS







Segundo Coloquio Nacional La Escritura Excluida, Xalapa,Veracruz. 1 y 2 de julio.

lunes, 18 de mayo de 2009

Apuntes por duelo


Rotonda de perpetuidad

Hoy me enteré por la radio de la muerte del escritor uruguayo Mario Benedetti, enfermo desde hace semanas de una afección respiratoria, pulmonar, como lo informó la prensa en su momento desde Uruguay, su patria, a la que volvió luego de un exilio impuesto por las circunstancias políticas que impuso el ascenso de la dictadura que asoló aquella nación.
No lo conocí en persona, sólo leí una parte de su obra prosística, ensayística y poética. Fueron los tiempos de mi adolescencia siniestra, mientras cursaba el bachillerato unamita en el memorable CCH Sur, ubicado en el Pedregal de San Ángel. Como la escuela distaba unas horas de camino, seguramente leí alguno de sus libros mientras viajaba en el camión, el Metro o el pesero, alternando los libros con el diario, las revistas o el ocio del cangrejo. El cumpleaños de Juan Ángel o La Tregua, libros que enriquecieron mi educación sentimental, me consolidaron como lector y arraigaron en mi conciencia política los problemas de la justicia social, que por aquellos tiempos aún reverberaban por los efectos colaterales de la rebelión estudiantil, así como por el ánimo soliviantado de mis profesores y la amistad comunitaria de mis colegas, estudiantes tan ilusos como yo en aquellos tiempos, creyentes en un más allá social igualitario, justo y democrático.


Esos tres efectos ganados (lectura, conciencia social y educación sentimental)todavía perduran en la conciencia individual de este aprendiz de escribano, gracias a las buenas prosas y metáforas sencillas con que don Mario pergeñó su obra literaria a lo largo de cinco décadas. Tiempo en que aglomeró a una cantidad innominada de lectores, siempre atentos y leales a su escritura en libros, opiniones o artículos periodísticos.
El tiempo anduvo y dejé de frecuentar sus libros, a distanciarme de los reclamos democráticos y la utopía necesaria; sin embargo, nunca dejé de leer las noticias periodísticas sobre sus novedades editoriales, adaptaciones al cine, puestas en escena, regreso a la patria nativa o tribulaciones ante el cuerpo decaído. Inventario, La Tregua, El cumpleaños…, los Cuentos completos y el conjunto de su obra narrativa tienen un lugar en mi librero, desde donde han migrado cuando uno de mis alumnos o mis amigos me los han solicitado en préstamo, alguno todavía sin retorno.
Lamento la muerte de un escritor que me obsequió tantas enseñanzas, desprendidas, aquellas tres, directamente de sus libros. Guardo silencio por la muerte de Mario Benedetti, la tristeza de la partida así lo obliga.
A los hombres ilustres, la rotonda de la perpetuidad.

jueves, 16 de abril de 2009

Modus Scribendi




La columna "Modus Scribendi" aparecerá quincenalmente en La Señorita T, suplemento cultural de El Columnista, diario editado en Puebla, México. He aquí la primera colaboración.

lunes, 30 de marzo de 2009

Máquina de la escritura


Javier Perucho

Estudiar a una celebridad viva es un acto digno de encomio, máxime cuando esa luminaria se llama Carlos Monsiváis, polígrafo que lo mismo escribe acerca de la época de oro del cine mexicano, el psicoanálisis, una crónica sobre los desnudos tumultuosos de Tunick, los orígenes de la chicanidad, los más recientes fenómenos del bandolerismo encarnado en las hordas de los maras o la violencia citadina ejercida impunemente por el narcotráfico. El siglo XIX tampoco le ha sido ajeno. El coleccionismo o su amor por los gatos tampoco. Un museo aloja ahora mismo sus piezas de arte popular.
Abro un diario de un sábado cualquiera y me encuentro un ensayo sobre los maras firmado por él; más tarde hojeo un suplemento y me encuentro con una pausada elegía al recientemente fallecido dramaturgo mexicano Juan José Gurrola; al día siguiente, aparece publicada su columna “Por mi madre, bohemios”; días después, en la televisión abierta lo escucho y me regodeo con sus palabras y sus gesticulaciones sobre uno de los asuntos públicos que carcomen a la república.
Don Carlos siempre ha sido así: elocuente hasta en sus silencios, significativo incluso en sus modos gestuales. Habitualmente ha sido así: abrasivo en sus temas, expansivo en sus originales perspectivas para abordar los más variados asuntos de la vida pública o la república literaria.
Es altamente probable que ningún tema de la mundanal vida se haya escapado a sus tratamientos, ya para divertirse, ya para aleccionarnos; ora para mofarse de la clase gobernante, o para exponer a los dinosaurios de la vieja izquierda. Qué le ha sido ajeno. Todo le es propio en sus pareceres culturales. Sin embargo, lo más asombroso de este talentoso escritor es la manera en que se actualiza, en que accede a la información más diversa, la forma en que su escritura, temas y fenómenos se rejuvenecen conforme se suceden en la actualidad. La piel de su escritura se renueva cada vez que la inasible realidad cambia. Así, ante la aparición de los fenómenos del pandillerismo, él actualiza su perspectiva de análisis para ofrecer nuevas pautas de crítica que expliquen el fenómeno, busquen sus orígenes sociales y ofrezcan una prospectiva inmediata.
La ciudad como texto. La crónica urbana de Carlos Monsiváis me ha recordado ésa su peculiar naturaleza, me ha recordado también que para seguirle los pasos a don Carlos, es necesario haber fundado un Centro de Estudios Monsivaisianos, cuyo mayor prestigio intelectual se concentre en las tareas acumulativas de su acervo; es decir, en ubicar, almacenar, sistematizar y divulgar sus siempre inabarcables e incompletas obras por la naturaleza de su talento y oficio.
En éste no tan ficticio Centro, uno de los primeros investigadores en lograr un asiento, es Jezreel Salazar, acucioso investigador de este fenómeno cultural llamado Carlos Monsiváis, pues se ha dado a la tarea de acumular toda la información relativa a la noción de urbe, las crónicas sobre la ciudad y los ensayos sobre la metrópoli que han salido de esa máquina de la escritura. Luego de formar un cúmulo considerable con todo ese Himalaya de papel, lo cernió a la hora del viento, entonces —y sólo entonces— ordenó los granos y arrojó las mazorcas. Con ello, en dos apartados y un texto liminar, conduce al lector por los vericuetos de una ciudadela. Escribo ciudadela porque es tanto lo escrito por Monsiváis sobre el tema de la ciudad en más de cincuenta años de vida y escritura, que si esparcimos sus cuartillas por la urbe ni un pasillo tendría accesible el peatón para vagar libremente entre tanto folio impreso.
Tiene otro mérito el libro de Jezreel. La ciudad como texto es apenas el segundo libro disponible y accesible en las librerías mexicanas que abordan la naturaleza escurridiza del escritor, cronista, historiador literario, editorialista, fabulador y “moralista” Monsiváis. Situación que me alegra, me alienta que este libro sea de la autoría de un escritor mexicano de la nueva guardia, porque el primero en aparecer pertenece a la investigadora norteamericana Linda Egan, Carlos Monsiváis. Cultura y crónica en el México contemporáneo (México, FCE, 2004). Aquí termina —o comienza, según se vea— la bibliografía crítica sobre este polígrafo nacido en el Distrito Federal en el remoto año de 1938.
De allí se desprende uno más de los aciertos del libro: ante la ausencia de fuentes documentales, Salazar no se amilanó para enfrentar a esa máquina de las mil teclas. Entró a un lote baldío, aplanó sus protuberancias, aró el suelo y nos entregó un libro pleno de novedosos acercamientos, explicativo en más de un momento. Naturalmente, original en sus aportes, ya que se vale del análisis cultural para sostener sus interpretaciones y escolios a la obra de Monsiváis.
La ciudad como texto es un ensayo amable en su escritura, claro en su exposición, elocuente y administrado en el uso de sus citas, de las que, como lector suyo, demandaría a los editores una explicación a dos simples preguntas, ¿por qué suprimieron las notas a pie de página que nos aclararían las procedencias librescas de cada cita textual? ¿Por qué no agregaron para compensar tal ausencia una bibliografía final? Con ello el volumen no hubiera perdido su levedad; al contrario, hubiera ganado en precisión documental. Apenas hecho de menos ese corpus bibliográfico; sin embargo, los títulos más puntillosos y las crónicas urbanas más elocuentes de Monsiváis están registrados a lo ancho del libro, así como en un puntual apartado que consigna las crónicas dispersas.
Infiero de mi lectura, que para ser el cronista oficial de la muy amada y terrible ciudad de México, hay que haber nacido en la persona de Carlos Monsiváis, quien prosigue una tradición fundada por Salvador Novo. Una tradición que es a la vez una postura política, pues al explorar los bajos fondos, transitar por las esferas de poder, circular entre las divas para después escribir su hagiografía, frecuentar a la aristocracia y a los hombres de poder para bocetar sus cataduras morales, establece los registros de una sociedad piramidal. El cronista mismo es otro peatón bajo la lluvia inclemente, pues viaja en taxi y compra sus boletos en el Metro para poder aporrear más tarde las teclas y escribir en el ocaso cómo se desenvuelve la vida en el México del nuevo régimen.
Anoté “desenvuelve la vida” porque el tiempo verbal de la crónica se conjuga en tiempo presente. La crónica contemporánea habla del hoy, el aquí y el ahora, trata de una circunstancia perecedera que se escribe como se vive en el presente. Los hechos del pasado interesan a los historiadores; a los cronistas les interesa el registro del presente, no el tiempo fugaz del porvenir, menos aun el tiempo fosilizado del ayer.
De ahí brota el interés que despierta Monsiváis en sus lectores contemporáneos y en sus primeros críticos: habla de ellos, por ellos y con ellos, al fin somos ciudadanos con voluntades y deseos que cohabitamos en la misma urbe.

Jezreel Salazar, La ciudad como texto. La crónica urbana de Carlos Monsiváis, México, Universidad Autónoma de Nuevo León, 2006, 211 pp. (Premio Nacional Alfonso Reyes 2004)

Publicado en La Señorita T, suplemento cultural de El Columnista, diario de Puebla, y en Contratiempo, de Chicago.