jueves, 16 de agosto de 2012

ÁLBUM DE LOS ÁCAROS

Zoología doméstica
El microrrelato que se practica en nuestras latitudes ha llegado a un punto culminante de su arraigo. Cimas conquistadas por género son las varias antologías dispersas por las regiones de Hispanoamérica que espigan sobre temas como la infancia, la violencia de género, los pecados capitales, los fantasmas, la animalia fantástica o el bestiario naturalista, incluso la compilación del ejercicio escritural de un taller virtual, como fue la selección emprendida por Alberto Chimal en Historias de las Historias, nacidas y tallereadas en su bitácora electrónica.
El libro de los seres no imaginarios (Minibichario), sigue esta estela de los libros colectivos, ejecutado por la batuta virtuosa de José Manuel Ortiz Soto, médico pediatra que en sus ratos libres anima blogs literarios y esculpe la piedra dura del cuento breve entre niño enfermo y paciente curado. En ese ínterin se asoció a los fotógrafos naturalistas Enrique Ramírez García, Beatriz Hernández Meza y Alejandro Boneta, a su manera exploradores de los habitantes de los mundos mínimos, que son los ácaros, esos bichos no siempre microscópicos que residen también en el mundo, huéspedes de nuestras casas y animadores de las pesadillas que irrumpen en los sueños.
José Manuel, en acuerdo con los fotógrafos, seleccionó y repartió las imágenes fotográficas entre la grey microficcionista, para que las consideraran como un estímulo de escritura. El medio centenar de cultivadores de mundos mínimos, terminado su trabajo, se lo mandó al antólogo para su ponderación, que consideró necesario un tallereo, trabajo literario por el que se desprendieron observaciones, enmiendas y hartas porras. El trabajo más arduo fue convencer al editor, quien después de levantarse las solapas, accedió a publicar el Minibichario.
El resultado final está sobre mi mesa. Un libro elegante, hermoso a la vista ilustrado a color, estampadas sus imágenes sobre papel couché, como corresponde a la invención fotográfica y la creación narrativa. La edición, salvando las erratas que todo libro exige en su arquitectura interior, es la adecuada. Asimismo destaca la generosidad del antólogo, al invitar al mismo ágape tanto a novísimos narradores (David Baizabal, Amaranta Caballero, Laura Elisa Vizcaíno et al.) como a los maestros del género (Agustín Monsreal, Guillermo Samperio, Norberto de la Torre), hospitalidad señalada por la prologuista, Lucila Herrera. Agrego otro detalle no menor, que navega a contra corriente del tan cacareado y vilipendiado centralismo: la procedencia regional de los escritores, asentados en los más variados estados de la república literaria, pues se domicilian tanto en Tijuana como en Mérida, en Tabasco como en el Estado de México.
El tiraje de un millar de ejemplares, que espero colme la demanda de los adictos al género en corto tiempo, y la elocuente portada, tan distintiva del sello de Ficticia, me hacen envidiar a los autores seleccionados y azotarme la cabeza contra la pared y maldecir mi desidia, por no haber enviado mi cuento “Vida de la mosca” —véase la entrada del 7 de agosto, “Con el gol en la frente (ii)”—, ilustrado por una horripilante mosca atrapada por la lente de Beatriz Hernández Meza, y protagonizado por este animal esencialmente literario, tan monterroseano, que pulula tan campante entre las prosas de don Augusto, como las prostitutas, las causas perdidas y las sirvientas.* 






José Manuel Ortiz Soto (antólogo), El libro de los seres no imaginarios (Minibichario), fotografías de Enrique Ramírez García, Beatriz Hernández Meza y Alejandro Boneta, prólogo de Lucila Herrera, México, Ficticia, 2012, 93 pp. (Biblioteca de Cuento Contemporáneo)


* Una versión enriquecida de la reseña apareció hoy en la Internacional Microcuentista, gracias a la generosidad de Martín Gardella y Esteban Dublín, sus animadores.

martes, 14 de agosto de 2012

RAÚL RENÁN

La hamaca y el quinqué
 I
La noche nos congrega para hablar de un escritor cuyo signo distintivo es la versatilidad de su ejercicio de la palabra, sus soportes y didáctica. En su dilatada trayectoria, Raúl Renán transitó por los sinuosos caminos de la poesía, los intríngulis de la edición, el borrascoso mar de la novelística y la enseñanza de la escritura, donde quizá alguno de los presentes entre el auditorio o los integrantes de este panel aprendió un secreto o se aferró al honor literario del oficio por su sabiduría.
En el ocaso de este día se versará sobre el poeta, sus trabajos y sus libros. Para ajustarme a la tónica, considero que el tributo mayor que se le puede rendir a un escritor en vida, es la reunión de su obra lírica en un mismo ramillete, por ello celebro que tengamos en un solo manojo la mitad de una vida dedicada a la creación poética, que eso sintetiza el tomo inicial de la Poesía completa del escritor yucateco.
Como una buena porción de los aquí reunidos, hemos asumidos sus enseñanzas, desprendidas de su amena voz o de sus escritos, por esta circunstancia a ninguno le parecerá desconocido el trabajo que emprendió en el transcurso de las últimas décadas, entre 1976 y 1998, periodo que ciñe el volumen referido. Trabajos acuñados por la novedad, el experimento en la forma, la innovación en los recursos y los formatos inusuales.
Renán es un poeta que no se arraigó en el cómodo recinto que le ofrecía el espacio conquistado, ya devengado por las formas domeñadas por su práctica. Su espacio de confort fue y sigue siendo la experimentación, muy patente en Agonía del salmón, Caja de Fósforos o la poesía visual que ejerce. El riesgo, la apuesta, la novedad señalan la trayectoria vital de un escritor que ha ejercido el oficio durante, ¿cuántas décadas, maestro? Quizás unas siete, contando desde el momento en que, a la tenue luz de un quinqué, esa hamaca que lo mecía al atardecer le susurraba sus primeras narraciones. Estos enseres domésticos —el quinqué, la hamaca—, espacios urbanos y corporales —la ciudad, el cuerpo, la infancia y la lengua— rigen el sino de sus afanes creativos.
Raúl finca su poética entre elementos del agua, de la tierra, del aire y del cuerpo. No es un poeta solar, menos aun marino, como podría esperarse por su arraigo a la tierra nativa. Renán es un cantor de la metrópoli que predica ciudanía mientras pulsa la tolerancia de su lira.

II
Un octeto de libros fue asimilado al tomo primero de la Poesía completa, su arco temporal ya fue anunciado, pero no sus estructuras, contenidos y osadías literarias. En la exposición siguiente me centraré en este rasgo; quiero decir, en las innovaciones que distinguen el quehacer poético del maestro, dejando para otro momento su espíritu lúdico y el látigo de la ironía con que satiriza las conductas humanas. Así, basta con sobrevolar por los títulos absorbidos en el volumen de marras para inferir su apuesta por el riesgo, como también sus contenidos latentes. Veámoslos enseguida.
Las composiciones de Lámparas oscuras están ajustadas a las arquitecturas del haikú, japonismo presente en la cultura poética mexicana desde José Juan Tablada, aunque su cultivo suele ser esporádico. En Catulinarias y sáficas, por su parte, se arriesga por la exploración y la reinvención del trabajo lírico, pues el poeta no se entrona en el reino conquistado. El epigrama y otras formas del mundo clásico se rinden a la pluma del escriba para domeñar su expresión. La tercera osadía formal llega con De las queridas cosas, cuyas composiciones hicieron afirmar a Daniel Sada que “El uso del lenguaje popular mexicano adherido a conceptos de retórica española es otra aportación estimable, así como el uso de la perífrasis en los tercetos construida por dos o tres adverbios para dar a la idea un ciclo y una coherencia natural.” Como complemento de los hallazgos señalados por el novelista recién fallecido, agregaría que otra de las innovaciones renanianas consiste en la “rima izquierda”, fundida en otra novedad, el neosoneto, cuyo ejercicio no he vuelto a encontrar en el acervo de los vates mexicanos. Asimismo en Pan de tribulaciones intercala tramas de una prosa con la versificación libre. El protagonista de las prosas recae en el poeta; la temática de su cantar épico se alterna entre adalides medievales (Jorge Manrique, Marqués de Santillana e Íñigo López de Mendoza).
Hasta aquí, Renán ha explorado por el japonismo, el clasicismo y la medievalia, de ahí proceden sus recursos poéticos, condimentados con el léxico callejero, los personajes de la urbe y los modos citadinos que ya estaban presentes desde osadías pretéritas. El siguiente poemario, Los urbanos, se asienta en la metrópoli que se convirtió en la ciudad de adopción del poeta. Se trata de una loa a sus avenidas, los semáforos, la luz resplandeciente que titila en la noche, el zapato viejo yacido a media calle, como la moneda huérfana de dueño. En fin, una elegía a una ciudad por cuyas vías transita “la piara gentilicia”.
En el recuento presuroso de estos cinco libros, quizá se pensaría que la apuesta por la innovación formal podría marchitarse por la rutina de la mera sílaba contada o tónica. Sin embargo, en el siguiente poemario se renueva esa vocación por lo novedoso en su aspecto lingüístico. En el sustantivo de su título, Lausía, pace el hallazgo; si sus poemas en prosa no acusan novedad en estructura, sí dan pie, en cambio, para señalar la habilidad arraigada del poeta por la invención de palabras, por su tendencia a la conjura del neologismo y la recolección de voces populares que se someten a la piedra bautismal en que se ha convertido su poética.
En la vida de infante y su camino de espinas, alumbrados por esa linterna mágica cuya luz irradió la escritura vocacional, se localizan sinópticamente las pretensiones temáticas de Lausía. Además, Lausía sirve de puente levadizo para transitar hacia Los niños de San Sebastián, la estampa novelística que recupera la infancia. Frente al indicio, apunto en un tris que una sustancia considerable de la escritura del poeta procede del sustrato biográfico.
El siguiente libro acogido en el tomo uno, Viajero en sí mismo, séptimo en el orden de publicación, tiene al cuerpo humano como epicentro; de hecho, bien podría leerse como un retrato de cuerpo completo del sujeto lírico. Retrato masculino, detalle nada menor en la tradición poética, que ha olvidado el canto de la masculinidad.
Cierra el volumen Rama de cóleras, un homenaje a la amistad, la vida tertuliar y cuyas dedicatorias nos avisan de sus relaciones vitales con el gremio y la conversación abierta con sus pares.
Nada he mencionado de las virtudes innovadoras o experimentales de Viajero en sí mismo y Rama de cóleras, pero baste señalar, por ahora, que el retrato exterior del cuerpo masculino y el elogio de la tertulia son temas inusuales en el arcoíris de la poesía mexicana vigesímica.

III
Para cerrar el círculo dejo constancia de que la experimentación en Raúl Renán no sólo tiene asiento en sus empresas líricas, también se despliega en sus afanes como editor, editor de libros, editor de colecciones, editor de sus pupilos. Como escritor irredento, la edición de revistas y libros fue una de las primeras tareas que desplegó como oficio de la palabra, así como para llevar el pan y las viandas a la mesa de la familia. Uno de sus libros recoge esta experiencia profesional, de la que nos hemos nutrido quienes nos dedicamos a la fijación de la palabra por los mismos medios.
El trabajo más innovador que encuentro en sus tareas como editor recae en sus empeños por avalar la colección Fósforos, una caja de cerillos que contenía más que el fuego concentrado, la impresión sobre gajos rectangulares de papel la creación poética de sor Juana, Benito Juárez, ciertos próceres de la literatura y la de otros menos emblemáticos.
Como libro objeto, como invención editorial y libro de artista, Fósforos reclama un lugar en la tradición de las artes gráficas por su inventiva, novedad de soporte y representación de autores antiguos y modernos.

IV
En parágrafos anteriores este comentarista se ufanó en señalar las virtudes experimentales del poeta, su ejercicio innovador en las artes gráficas y su generosidad como maestro en la formación de nuevas generaciones, para concluir su participación señala ahora su parecer.
La poesía renaniana se nutre de la vida cotidiana, de los héroes sin gesta, del suceso menor que los enseres atesoran en su rutina doméstica. El juglar adolorido, la sombra, la fuente, la ronda de mujeres, en estos temas sin consagración encuentra sus nutrientes. Temáticas no siempre habituales en la factura de la lírica en el país que lo vio nacer, crecer y consolidarse como uno de los bardos más afables, versátiles y audaces en la república de los poetas vivos.
Concluyo con una definición personal: Raúl Renán es un poeta, un maestro, un escritor clásico contemporáneo.


Raúl Renán, Poesía completa, tomo I, Mérida, cnca-Instituto de Cultura de Yucatán, 2011, 265 pp.

Texto leído durante la presentación de Poesía completa, Casa de Lectura Xavier Villaurrutia, agosto 14, 2012.

sábado, 11 de agosto de 2012

CON EL GOL EN LA FRENTE (III)

TELARAÑA DE PORTERÍA

Cuando desperté, encendí la televisión y el gol ya estaba ahí, entre la telaraña de la portería. 


¡Viva México, cañones!

viernes, 10 de agosto de 2012

DECÁLOGO DE LA NOVELA

DECÁLOGO DEL NOVELISTA INICIADO

Rocío Contreras

Primero.
Piensa en la historia que quieras contar y cómo la quieres hacer (cuantas veces sea necesario). Si en estos pensamientos no hay variaciones, ten por seguro que es ésa la que debes escribir y no otra. Esbózala en tu mente y luego esquematiza las partes que la constituirán según tu cosmos imaginativo (personajes, escenarios, tiempo, lugar, etcétera).

Segundo.
Fíjate como meta: “Contar una historia. Escribir mi novela.” Usa el posesivo mi para referirte a ella, pues es tu propia obra creativa, no la subestimes. Para narrar con autenticidad es necesario tener claras “las formas” que elegiremos para hacerlo.

Tercero.
El novelista es un dios creador de mundos ficticios. Puesto que su creación no es perfecta, dedica más de siete días para acabarla. Aún cuando sabe que no es un ser divino, ayuna y permanece en vigilia toda la noche.

Cuarto.
La historia que vas a contar llega como la enfermedad que no buscaste pero es tuya porque la tienes. Se apropia de ti y la aceptas, aprendes a vivir con ella, a correr los riesgos del tratamiento. Comienza a escribir la hoja en blanco: sólo hasta cuando logres la satisfacción de haber dicho lo que planeaste, descansa.

Quinto.
Ignora todo acto proveniente del mundo exterior, pero no rehúyas a la realidad. Continúa escribiendo aun a pesar de las venturas y desventuras de la vida; si algo fuera de lo que la gente llama realidad sirve para alimentar tu creación, aprovéchalo.

Sexto.
No te auto flageles con críticas anticipadas, menos antes de haber concluido el primer capítulo. La secuencia entre cada uno es la culminación de tu novela. Aprópiate de la voz de tus personajes.
La sencillez del lenguaje disminuye las enmiendas ortográficas.

Séptimo.
Lee mucho y escribe más. La calidad de tu obra no radica en la cantidad de páginas que escribes. Una escritura madura se alcanza en el mismo ejercicio constante. Retroalimenta tu texto con la lectura comentada por otros creadores.

Octavo.
Lo que escribas debe estar bien dicho. No fuerces las palabras, ni con el fin de adornar, ni con el de llenar el último espacio de la página. Usa la imaginación para hacer creíble lo que cuentas. Cada escritor tiene su propio proceso de escritura, respeta el tuyo.

Noveno.
En primer lugar, usa tus ojos de autor para leerte con juicio, no pases desapercibidas las faltas que encuentres. En segundo, los ojos de lector, éstos calibran los elementos que conforman tu obra. La verdadera escritura es la corrección.

Décimo.
Concluye el último capítulo con un final inesperado. Sal de tu cosmos y vuélvete al mundo real apartándote de lo que escribiste. Cuando haya pasado la emoción de haber creado tu propia novela, es tiempo de regresar al texto: lee y relee, una a una, de inicio a fin, cada cuartilla; detalla y cambia las partes faltantes y sobrantes de tu obra. Reescribe hasta quedar complacido.

Fuente: María del Rocío Contreras Cruz, “Decálogo del novelista iniciado”, en “El Viaje”, tesis de licenciatura en Creación Literaria, México, uacm, 2012, ff. 105-107. 


De izquierda a derecha, el sínodo conformado por Adriana Azucena Rodríguez, Armando Alanís, Héctor Carreto y JP. Rocío Contreras, recién examinada, viste de morado.