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lunes, 28 de febrero de 2011

AL PASO

XVI CONGRESO DE LITERATURA MEXICANA CONTEMPORÁNEA
(2011), El Paso, texas, UTEP

Ponente: Dr. Javier Perucho.
Título de la ponencia: “Ocaso de utopías”.
Sinopsis: Al desmoronarse los muros de piedra, al derrengarse las ideologías, la utopía encontró el momento propicio para reconsiderarse, sobre todo en esas geografías políticas en que logró mayores espacios de cultivo, resonancias, prosélitos, incentivos de lucha. Cada región y momento histórico la cultivó, ciñéndose a los imperativos de las idiosincrasias y las comunidades locales. Desgajada de las ideologías, sus cuerpos naturales de cultivo fueron las artes, la ciencia y los movimientos sociales, además de la filosofía y la literatura. En la cultura literaria, la utopía se expresó en la novela, el cuento, el ensayo y la poesía, sin menosprecio del drama, los géneros vitales del arte de la palabra.
En México durante el siglo xx floreció por voz, persona y obra de sus caudillos, literatos y filósofos. Las utopías científicas, literarias o políticas mexicanas requieren una diagnosis. Su tiempo ha llegado, sobre todo de las literarias, epicentro de esta perquisición. He aquí un diagnóstico preliminar: En zozobra, como las ideologías de que se desprendió, la utopía yace en los acervos culturales de lo imposible, en la historia enciclopédica de las sociedades que nunca existieron.
Institución: Universidad Autónoma de la Ciudad de México (uacm).
Fecha: viernes 4, marzo, 2011, 13 hrs.
Lugar: Universidad de Texas at El Paso.
Estado: Cancelado.
Fotografía:  DR 2010, Tania Gómezdaza, imagen que yo espero ilustrará mi libro homónimo, que será editado en el transcurso del año por la Universidad Veracruzana.


❡⁋

jueves, 20 de septiembre de 2007

Ensayística

Los motivos de Caín, 50 años

Javier Perucho
Publicada por el Fondo de Cultura Popular, AC, el 20 de septiembre de 1957 apareció impresa en los talleres de la Tipográfica Impulso, la novela de José Revueltas Los motivos de Caín, que en 94 folios recrea la odisea de Jack, el protagonista chicano, que combate en las filas del ejército norteamericano a las tropas japonesas asentadas en una isla del Pacífico.
Hoy José Revueltas es un escritor olvidado por la república literaria mexicana, este aniversario es la más propicia ocasión de lectura para acercarse a esta ficción única en el panorama novelar del medio siglo xx, pues se trata de uno de los escasísimos ejemplos de relatos bélicos existentes en la literatura mexicana.

viernes, 24 de agosto de 2007

Ensayística

La tribu de los nuevos fabuladores

Inicio con una paráfrasis del epígrafe que abre El centauro en el túnel (ensayos sobre narrativa mexicana): “Uno quisiera saber qué piensan, cómo son las generaciones que dentro del túnel no ven sino más túnel, las marcadas por la depresión y las catástrofes de los ochenta: ¿cuál será —empiezan a ser— su pensamiento estético, su arte y su literatura, sus valores y sus regocijos, sus rencores y sus respuestas a un país ni tan oscuro ni tan iluminado?”, el cual se debe a la pluma de José Joaquín Blanco, que hace suyo Mauricio Carrera al interrogar a sus pares, cuestionar a los miembros de su generación, ortegeanamente definida —la que va de 1955 a 1969—, y entrevistar a sus afinidades electivas. Una conversación con los protagonistas de un tiempo incierto, sujetos además a un mercado caníbal, en un momento en el que todavía se glorifica la victoria cultural del neoliberalismo.
El resultado de ese escrutinio está en El minotauro y la sirena. Entrevistas ensayos con nuevos narradores mexicanos (México, Lectorum, 2001), obra que expande sus registros —ya que el cuento, el periodismo cultural, la novela y ahora el ensayo forman parte de sus plenos dominios—, en la que la muy diversa y compleja tribu de los nuevos fabuladores (en orden de aparición: Enrique Serna, Rosa Beltrán, David Toscana, Ricardo Chávez Castañeda, Mónica Lavín, Guillermo Fadanelli, Ignacio Padilla, Cristina Rivera-Garza, Fernando Rivera Flores, Mario González Suárez, Ana García Bergua, Mario Bellatin y Jorge Volpi), dan cuenta de sus fobias, adscripciones literarias, militancia artística, métodos y procesos de trabajo, infancia o juventud, pininos y maduración de las respectivas propuestas narrativas.
En ese ceñido inventario, aunque las elecciones siempre implican una exclusión, extraño —dicho sea sin objeción a su catálogo, ni a los criterios de selección— a ciertos narradores que desde el Norte han dado una manita de gato, por no decir zarpazo de león, al estatus dominante de las narrativas metropolitanas y al canon central que dirime los gustos, criterios y promociones. Pienso en escritores igualmente innovadores como Luis Humberto Crosthwaite, Élmer Mendoza, Gabriel Trujillo o Rosina Conde, que cumplen cabalmente los requisitos de la suscripción a este diálogo generacional.
¿Qué nexos une a esta agrupación tan dispar, aparte del muy circunstancial acontecimiento de haber nacido en la misma región geográfica y casi en el mismo lapso temporal? Aventuro una conjetura: renovar la tradición a la que están suscritos; la profesionalización del gremio y los rasgos semejantes de la sensibilidad artística, son otros de las condiciones que los acercan.
¿Qué los distancia? La falta de una denominación propia que los identifique, les otorgue cohesión y coherencia en su militancia; en suma, el espíritu grupal si exigimos o queremos ver en ellos a una generación.
En el relevo generacional ellos están llamados —y obligados— a ocupar una posición en el frente de las letras, aunque ya lo hacen sin aspavientos. Puesto que son ya lectura obligada, se encuentran en los más variados repertorios editoriales, hoy conforman una ineludible presencia en la plaza pública. Sin su voz y sin su voto la república de las letras se convertiría en mera simulación priísta. La república literaria y la tribuna están atentas a sus innovaciones, como a su exploración del pasado, a la reinvención del presente y a los designios de nuestro porvenir.
El recuento de sus aportaciones a la literatura mexicana que se fraguó entre las dos últimas décadas del siglo pasado y la que inicia, se hará sin apresuramientos en el transcurso de la presente década. El paso del tiempo cernirá las innovaciones. La lectura sosegada valorará sus propósitos y el ánimo que llevó a esta generación disgregada a impulsar la renovación de la tradición.
Ciertamente, son una agrupación que aún no ha llegado a las aulas, pues la currícula universitaria todavía no la incluye en sus cursos y, parcialmente, la crítica universitaria se ha negado a convertirla en su objeto de estudio. Por contraste, la recepción crítica que ha merecido, se ha hecho en las revistas literarias, en los suplementos culturales, y, en última instancia, en los congresos sobre literatura mexicana contemporánea que se han realizado en Europa y Estados Unidos. La prueba de este aserto son las fuentes documentales en que están amparados los asedios críticos de Mauricio Carrera y Betina Keizman quienes, a la manera del taller de la escritura de Julio Ortega, proponen conversaciones, encuentros y entrevistas literarias. Pertrechados con la información disponible, exploran, descubren, abren brecha, trazan paralelismos, indagan en las influencias y la vida cotidiana de los protagonistas de la literatura mexicana en el umbral del milenio. Asimismo animados por el afán de “contribuir a un mejor conocimiento de la nueva narrativa mexicana”. Un propósito que no carece de valentía, espíritu crítico y valor documental.
A Carrera y Keizman debemos agradecerles la voluntad de saber que animó la propuesta y ejecución tanto de El minotauro y la sirena como de su hermano gemelo, El centauro en el túnel. Su lectura significó para mí la incursión a una nueva geografía, a conocer el norte y el sur de la novísima narrativa mexicana.
Mauricio Carrera y Betina Keizman
El minotauro y la sirena. Entrevistas ensayos con nuevos narradores mexicanos,
México, Lectorum-cnca-Fonca, 2001, 262 pp.
Mauricio Carrera
El centauro en el túnel (ensayos sobre narrativa mexicana),
México, Tunastral-cnca-Fonca, 2001, 146 p. Colección Criterio 3.

jueves, 23 de agosto de 2007

Monsiváis, máquina de la escritura

Estudiar a una celebridad viva es un acto digno de encomio, máxime cuando esa luminaria se llama Carlos Monsiváis, polígrafo que lo mismo escribe acerca de la época de oro del cine mexicano, el psicoanálisis, una crónica sobre los desnudos tumultuosos de Tunick en el Zócalo de la ciudad de México, los orígenes de la chicanidad, los más recientes fenómenos del bandolerismo encarnado en las hordas de los maras o la violencia citadina ejercida impunemente por los zopilotes del narcotráfico. El siglo xix tampoco le ha sido ajeno. El coleccionismo o su amor por los gatos tampoco. Un museo aloja ya sus piezas de arte popular.
Abro el diario El Universal del sábado pasado y me encuentro un ensayo sobre los maras firmado por él; más tarde hojeo el suplemento “Confabulario”, ahí me encuentro y leo una pausada elegía al recientemente fallecido dramaturgo mexicano Juan José Gurrola, también firmado por el mismísimo Carlos; al día siguiente, en Proceso, aparece publicada su columna “Por mi madre, bohemios”; días después, en la televisión abierta lo escucho y me regodeo con sus palabras y sus gesticulaciones sobre uno de los asuntos públicos que carcomen a la república.
Don Carlos siempre ha sido así: elocuente hasta en sus silencios, significativo incluso en sus modos gestuales, quiero decir, las formas en que no verbaliza también las barniza de signos por descifrar. Siempre ha sido así: abrasivo en sus temas, expansivo en sus originales perspectivas para abordar los más variados asuntos de la vida pública o la república literaria.
No creo que haya algún escritor vivo o fenecido del siglo xx que haya escrito con tanta abundancia, apenas alguno de los patriarcas del xix —pienso por ejemplo en Guillermo Prieto— quizá lo sobrepase en las dimensiones del librero que albergará tanto papel.
Es altamente probable que ningún tema de la mundanal vida se haya escapado a sus tratamientos, ya para divertirse, ya para aleccionarnos; ora para mofarse de la clase gobernante, o para exponer a los dinosaurios de la vieja izquierda. Nada le ha sido ajeno. Todo le es propio en sus pareceres culturales.
Sin embargo, lo más asombroso para mí de este talentoso escritor es la manera en que se actualiza, en que accede a la información más diversa, la forma en que su escritura, temas y fenómenos se rejuvenecen conforme se suceden en la actualidad.
La piel de su escritura se renueva cada vez que la inasible realidad cambia. Así, digamos por ejemplo, ante la aparición de los nuevos fenómenos del pandillerismo, él actualiza su perspectiva de análisis para ofrecer nuevas pautas de crítica que expliquen el fenómeno, busquen sus orígenes sociales y ofrezcan una prospectiva inmediata.
La ciudad como texto. La crónica urbana de Carlos Monsiváis me ha recordado ésa su peculiar naturaleza, me ha recordado también que para seguirle los pasos a don Monsi, dicho sea con el respeto y la admiración de un desconocido, es necesario haberse ganado una beca vitalicia, haber fundado un Centro de Estudios Monsivaisianos, cuyo mayor prestigio intelectual se concentre en las tareas acumulativas de su acervo, es decir, en ubicar, almacenar, sistematizar y divulgar sus siempre inabarcables e incompletas obras por la naturaleza de su talento.
En éste no tan ficticio Centro, uno de los primeros investigadores en lograr su asiento, es Jezreel Salazar, acucioso investigador de este fenómeno cultural llamado Carlos Monsiváis, pues se ha dado a la tarea de acumular toda la información relativa a la noción de urbe, las crónicas sobre la ciudad y los ensayos sobre la metrópoli que han salido de esa máquina de la escritura.
Luego de formar un cúmulo considerable con todo ese Himalaya de papel, lo cernió a la hora del viento, entonces —y sólo entonces— ordenó los granos y arrojó las mazorcas. Con ello, en dos apartados y un texto liminar, conduce al lector por los vericuetos de una ciudadela.
Digo ciudadela porque es tanto lo escrito por Monsiváis sobre el tema de la ciudad en más de cincuenta años de vida y escritura, que si esparcimos sus cuartillas escritas y publicadas perfectamente tapizarían los senderos, los jardines, las vías de acceso, las paredes y las puertas de cualquier plaza citadina. Ni una vereda tendría accesible el peatón para vagar libremente entre tanto folio impreso.
Tiene otro mérito el libro de Jezreel. La ciudad como texto es apenas el segundo libro disponible y accesible en las librerías mexicanas que aborda la naturaleza escurridiza del escritor, cronista, historiador literario, editorialista, fabulador y, como dice el profesor universitario, el “moralista” Monsiváis. Situación que me alegra, me alienta que este libro sea de la autoría de un escritor mexicano de la nueva guardia, porque el primero en aparecer pertenece a una investigadora norteamericana (Linda Egan, Carlos Monsiváis. Cultura y crónica en el México contemporáneo, México, fce, 2004). Me alegra también que éste su más reciente libro haya sido merecedor del premio nacional Alfonso Reyes en el 2004.
Aquí termina —o comienza, según se vea— la bibliografía crítica sobre este escritor nacido en el Distrito Federal en el remoto año de 1938.
De allí se desprende otro de los aciertos del libro: ante la ausencia de fuentes documentales, Jezreel no se amilanó para enfrentar a esa máquina de las mil teclas. Entró a un lote baldío, aplanó sus protuberancias, aró la parcela y nos entregó un libro pleno de novedosos acercamientos, explicativo en más de un momento. Naturalmente, original en sus aportes, ya que se vale del análisis cultural para sostener sus interpretaciones y escolios a la obra de Monsiváis.
La ciudad como texto es un ensayo amable en su escritura, claro en su exposición, elocuente y administrado en el uso de sus citas, de las que, como lector suyo, demandaría a los editores una explicación a estas dos preguntas, ¿por qué suprimieron las notas a pie de página que nos aclararían las referencias de cada cita? Apuesto a que el manuscrito de Jezreel las contenía. ¿Por qué no agregaron para compensar tal ausencia una bibliografía final? Con ello el volumen no hubiera perdido su levedad; al contrario, hubiera ganado en precisión documental.
Apenas hecho de menos ese corpus bibliográfico por que me podría haber orientado en otras inquisiciones personales y profesionales; sin embargo, los títulos más puntillosos y las crónicas urbanas más elocuentes de Monsiváis están presentes a lo largo del libro, así como en un puntual apartado que consigna la obra reunida. Dejo aquí mis comentarios a la edición, pulcra y esmerada por lo demás, para regresar al cronista y a su analista.
Infiero de mi lectura del libro de Jezreel que para ser el cronista oficial de la muy amada y terrible ciudad de México, hay que haber nacido en la persona de Carlos Monsiváis, quien prosigue la tradición de Salvador Novo, de quien por cierto es su mejor biógrafo. Una tradición que es a la vez una postura política, pues al explorar los bajos fondos, transitar por las esferas de poder, circular entre las divas para después escribir su hagiografía, frecuentar a la aristocracia y a los hombres del poder económico para bocetar sus cataduras morales establece los registros de una sociedad piramidal; además de ser el mismo otro peatón bajo la lluvia, al viajar en taxi, comprar un boleto de Metro para aporrear unas teclas y escribir en el ocaso de la tarde cómo se desenvuelve la vida en México durante el régimen calderonista.
Escribí “desarrolla la vida” porque el tiempo verbal de la crónica se conjuga en tiempo presente. La crónica contemporánea habla del hoy, el aquí y el ahora, trata de una circunstancia perecedera que se escribe como se vive en el presente.
Los hechos del pasado interesan a los historiadores; a los cronistas que la practican en la actualidad les interesa el registro del presente, no el tiempo fugaz del porvenir, menos aun el tiempo fosilizado del ayer.
De ahí tal vez brota el interés que despierta Monsiváis en sus lectores contemporáneos y en sus primeros críticos: habla de ellos, por ellos y con ellos, al fin somos ciudadanos con voluntades y deseos que cohabitamos en la misma urbe.

Jezreel Salazar
La ciudad como texto. La crónica urbana de Carlos Monsiváis, México, Universidad Autónoma de Nuevo León, 2006, 211 pp. (Senderos)