viernes, 25 de septiembre de 2009
martes, 18 de agosto de 2009
Columna invitada

DINOSAURIOS DE PAPEL
Federico Patán
Como es propio del caso, comienzo por un microrrelato: Érase que se era un niño llamado Javier. Un día de reyes recibió de regalo un microrrelato. Se enamoró del género y prometió dedicarle parte de su vida. Lo fue cumpliendo y todo resultó en la escritura de un libro. Como en el mundo vivía un editor llamado Marcial, interesado en el cuento, el libro fue editado. Como el libro fue editado, hubo una presentación. Como hubo una presentación, hoy estamos aquí. Fin del relato.
¿Qué propósito tiene Dinosaurios de papel. El cuento brevísimo en México? La cuarta sección del volumen nos lo dice. Es el capítulo final y de salida que, curiosamente, se llama “Umbral”. Dice, parafraseado, que uno de los propósitos del panorama es elaborar una estética del microrrelato, abocetar un decálogo (el verbo es peruchoano) y armar un modelo teórico del microcuento. Lo consigue de sobra, pero no se queda ahí. De mi lectura derivo otras aportaciones hechas por el libro. Las enumero.
A lo largo de las 255 páginas que lo componen hay inteligentes observaciones sobre la naturaleza del cuento brevísimo, que terminan por definirlo muy bien, con lo cual se evitan confusiones con prácticas literarias próximas como son el aforismo, la parábola, la greguería e incluso el chiste. Javier examina con precisión que elementos narrativos conforman una microficción, término que no impide la utilización de otros como minirrelato, minicuento, etcétera.
Cumplido lo anterior, el libro ofrece una muy breve historia de la microficción, permitiéndose arrancar con los chinos y pasar por los romanos para llegar a América Latina, donde la exposición hecha por Javier ralentiza su velocidad y atiende, casi país por país, la presencia del nanocuento en nuestro continente, con exigua mención de Estados Unidos. Entre los creadores del género mencionados se tiene a Borges, Ocampo, Jodorowsky, Vidales, Britto García. De cada uno de ellos se da información escueta pero suficiente.
Llegamos así a México, propósito central del libro. Aquí Javier lanza una afirmación apabullante si bien difícil de refutar: La edad de oro del microrrelato mexicano se dio en los cincuenta y en los sesenta. Lo posterior se sostiene en unos cuantos autores, que Javier examina en detalle y dando información muy pertinente sobre ellos: tendencia temática, tono de los textos, libros publicados. Es cuidado de investigador que también se detiene, incluso en mayor detalle, con los clásicos mexicanos, cuya nómina sin duda ustedes anticipan: Reyes, Torri, Arreola, Elizondo, Pacheco, Samperio, etcétera. No es de olvidar que la tercera etapa de estudio atiende a escritores que Javier llama de la diáspora. Es decir, aquellos extranjeros que, por causas generalmente políticas, decidieron vivir en México. Es de subrayar aquí el caso de Max Aub porque se lo está rescatando como autor de microficciones.
La exposición académica se ve interrumpida cada pocas páginas por la inclusión de microficciones, cuya función es plural. En primer lugar, confirmar con el ejemplo lo que se ha dicho de casi cada escritor analizado. En segundo lugar, servir de testimonio de cómo se desarrolló el género en México. En tercer lugar, constituir una antología disfrazada de estudio. ¿O será un estudio apoyado en una antología? Javier ha elegido muy bien los ejemplos, que hacen lectura deleitosa. A este deleite se agrega otro: las anécdotas que se incluyen. Por decir algo, de dónde surgió el cuento más famoso de Monterroso, o cómo se fundaron ciertas casas editoriales, o cómo se crearon ciertos talleres de minicuento.
De la seriedad con que Javier ha abordado este estudio da constancia todo lo mencionado hasta el momento. Pero es indispensable añadir otros detalles. Por ejemplo, las notas a pie de página, que testimonian la seriedad de esta empresa nada carente de buen humor. Esas notas aclaran puntos, ofrecen datos adicionales y una amplia bibliografía que se ve acrecentada con la final, abundantísima. En esas notas a pie de página aparece con cierta frecuencia Javier. Las menciones que de sí mismo hace el autor son pertinentes, ya que por lo general informan sobre el proceso de trabajo seguido por el autor.
Otro elemento: la opinión crítica. Cuando es del caso Javier alaba el producto literario que está comentando. Pero también cuando es del caso define con severidad el resultado literario de ciertos autores. ¿Necesitan ustedes un ejemplo? Asómense a la sección dedicada a René Avilés Fabila. ¿La curiosidad les pide más nombres? Véase la mezcla de alabo y queja que Javier propone respecto a Felipe Garrido o Martha Cerda. Que es justamente el papel que le corresponde a un crítico. ¿Los da Javier como juicios definitivos? No, los da como juicios javierinos, proponiéndolos para el diálogo.
Quien lea un libro de Javier Perucho sabe que está leyendo un libro de Javier Perucho. No porque tenga el nombre del autor en la portada, que lo tiene, sino por consideraciones más literarias: la prosa que Javier ha creado para definirse como escritor. Hay en ella una mezcla de erudición con fluidez de la escritura, hay una muy personal elección de términos (doy un ejemplo: “la algarabía de las balas” para referirse a una revuelta), hay un soterrado sentido de la ironía. A esto agreguemos la erudición en el tema abordado, la buena estructura dada al volumen, la inclusión ya mencionada de una antología, la bibliografía, las anécdotas que enriquecen el texto y es de aceptar que Javier ha escrito un buen libro. Pero por aquello de que el ego pudiera excedérsele en tamaño, apunto dos leves descuidos. Huberto nunca se apellidó Bátiz y sí Batis; Alejandro Finisterre es el seudónimo y no el nombre real del editor. Minucias que no nos descabalgan de una lectura placentera.
Javier Perucho
Dinosaurios de papel. El cuento brevísimo en México, México, UNAM / Ficticia, 2009, 255 pp.
(Texto leído por el autor en la Casa del Poeta, el 24 de junio de 2009.)
miércoles, 8 de julio de 2009
INTRODUCCIÓN A LA SIRENOLOGÍA
LA SIRENOLOGÍA
En homenaje al doctor Francisco González Crussí

Un par de disciplinas han aparecido recientemente en los estudios literarios. Es decir, a partir de ahora y desde esta mesa. Una recibió arbitrariamente el nombre de nanoliteratura, y la otra, sirenología, denominación igualmente azarosa. Su postulante es quien balbucea estas palabras en la requerida presentación social para explicarla con un tratado sobre las sirenas: Yo no canto, Ulises, cuento. La sirena en el microrrelato mexicano. Una parte de dicho tratado se desgaja de este manual de fantasías marinas. Su antecedente académico se localiza en Ocaso de sirenas, esplendor de manatíes, del no siempre bien ponderado Jorge Durand, escritor peruano radicado en el país y emérito egresado del Colegio de México con ese libro que en su origen remoto fue su tesis doctoral, auspiciada por el sabio Alfonso Reyes.
La primera se encarga del estudio de las musas menores que encuentran su más sólida expresión en el salmo, el apotegma, la parábola, el cuento brevísimo, la greguería, el aforismo, el poema en prosa y demás formas artísticas de la tradición literaria cuyos atributos se encuentran en la brevería cuentística. Por su parte, la segunda, también fenómeno novedoso de la ciencia literaria, resuelve en las múltiples apariciones de la sirena, que se localizan en el arte antiguo y moderno, su objeto de estudio. Único de su tipo, ciertamente, pues las ciencias de la literatura se centralizan en los géneros, los autores, las corrientes o las épocas, pero no suelen concentrarse en la aparición, rastreo, documentación y análisis de los motivos literarios heterodoxos. En la actualidad, los más heterodoxos estudios literarios o culturales desmenuzan los mitos, la utopía, la mafia; en fin, los temas que se localizaban en la periferia de la documentación científica.

En los márgenes de los estudios literarios, la sirenología encuentra sustento en la recopilación, sistematización y estudio de esta figura mitológica de aparición tan arraigada en el microrrelato hispánico como la misma paráfrasis narrativa del Dinosaurio, el Quijote, Odiseo, Sherezada o los fantasmas, prototipos literarios que han parodiado los escritores en el último siglo. Aunque su objeto de estudio es la sirena, fauna del imaginario con características marinas y terrenales, de humana apariencia a partir de su torso; con semblante de pescado desde las corvas a la cauda, persigue la duda que atormente a los hombres de letras desde Homero, Dante y Joyce, ¿la música de las sirenas es una melodía?, ¿la vocalización de un secreto?, ¿o una revelación del más allá?
Animal receptor de mitos, emblemas y símbolos. El tratado sobre las sirenas alude a los símbolos y atributos adquiridos en el relato liliputiense, pues emerge de la prosa, aunque la poesía no le ha sido un cuerpo ajeno en sus apariciones. La sirena es una figura natural de la seducción, un animal anfibio que recorre la tierra convertida en hermosura y emerge del mar de los bestiarios con su doble ser de renacuajo y fémina. Su condición arrastra la metamorfosis del sujeto; en tanto símbolo suele expresar una renuncia a la tentación dispuesta en el cuerpo y canto de las sirenas, a los que Ulises renunció adoquinándose los oídos y atándose taimadamente al mástil de su barco marinero. En los cuentos didácticos, forma parte de una lección recubierta de moraleja.
La sirena es un personaje en ascenso socio literario, pues de asumir una figura secundaria en cierto episodio único, logró remontarse a un papel protagónico en el relato hispanoamericano, al que además se le asigna el paradigma de la belleza aunque también, misterios de la literatura, encarna las representaciones del mal, sobre todo en los mitos y creencias populares. En el relato homérico formó parte de un rito de inicio a la vida adulta, prueba en la forja y temple del héroe.
De aquí se deriva que, como objeto del deseo, sea inasible e inalcanzable, por lo tanto la sirena está condenada a ser una expresión desiderativa, pues el amado no encontrará en ella su realización amorosa, más que en las veleidades de la prosa.
Así expuesta la disciplina, la sirenología encuentra su mejor estudio en la recopilación laboriosa de Yo no canto, Ulises, cuento…
Dejo en sus manos y en el centro de sus ojos para su regocijo y deleite el primer sirenario en español que documenta las muy amenas apariciones de la sirena en la narrativa mexicana del siglo XX.

Nota bene: imágenes sobre la sirena de Herbert James Draper y Fredericksen Waterhouse ilustran esta entrada.
En homenaje al doctor Francisco González Crussí

Un par de disciplinas han aparecido recientemente en los estudios literarios. Es decir, a partir de ahora y desde esta mesa. Una recibió arbitrariamente el nombre de nanoliteratura, y la otra, sirenología, denominación igualmente azarosa. Su postulante es quien balbucea estas palabras en la requerida presentación social para explicarla con un tratado sobre las sirenas: Yo no canto, Ulises, cuento. La sirena en el microrrelato mexicano. Una parte de dicho tratado se desgaja de este manual de fantasías marinas. Su antecedente académico se localiza en Ocaso de sirenas, esplendor de manatíes, del no siempre bien ponderado Jorge Durand, escritor peruano radicado en el país y emérito egresado del Colegio de México con ese libro que en su origen remoto fue su tesis doctoral, auspiciada por el sabio Alfonso Reyes.
La primera se encarga del estudio de las musas menores que encuentran su más sólida expresión en el salmo, el apotegma, la parábola, el cuento brevísimo, la greguería, el aforismo, el poema en prosa y demás formas artísticas de la tradición literaria cuyos atributos se encuentran en la brevería cuentística. Por su parte, la segunda, también fenómeno novedoso de la ciencia literaria, resuelve en las múltiples apariciones de la sirena, que se localizan en el arte antiguo y moderno, su objeto de estudio. Único de su tipo, ciertamente, pues las ciencias de la literatura se centralizan en los géneros, los autores, las corrientes o las épocas, pero no suelen concentrarse en la aparición, rastreo, documentación y análisis de los motivos literarios heterodoxos. En la actualidad, los más heterodoxos estudios literarios o culturales desmenuzan los mitos, la utopía, la mafia; en fin, los temas que se localizaban en la periferia de la documentación científica.

En los márgenes de los estudios literarios, la sirenología encuentra sustento en la recopilación, sistematización y estudio de esta figura mitológica de aparición tan arraigada en el microrrelato hispánico como la misma paráfrasis narrativa del Dinosaurio, el Quijote, Odiseo, Sherezada o los fantasmas, prototipos literarios que han parodiado los escritores en el último siglo. Aunque su objeto de estudio es la sirena, fauna del imaginario con características marinas y terrenales, de humana apariencia a partir de su torso; con semblante de pescado desde las corvas a la cauda, persigue la duda que atormente a los hombres de letras desde Homero, Dante y Joyce, ¿la música de las sirenas es una melodía?, ¿la vocalización de un secreto?, ¿o una revelación del más allá?
Animal receptor de mitos, emblemas y símbolos. El tratado sobre las sirenas alude a los símbolos y atributos adquiridos en el relato liliputiense, pues emerge de la prosa, aunque la poesía no le ha sido un cuerpo ajeno en sus apariciones. La sirena es una figura natural de la seducción, un animal anfibio que recorre la tierra convertida en hermosura y emerge del mar de los bestiarios con su doble ser de renacuajo y fémina. Su condición arrastra la metamorfosis del sujeto; en tanto símbolo suele expresar una renuncia a la tentación dispuesta en el cuerpo y canto de las sirenas, a los que Ulises renunció adoquinándose los oídos y atándose taimadamente al mástil de su barco marinero. En los cuentos didácticos, forma parte de una lección recubierta de moraleja.
La sirena es un personaje en ascenso socio literario, pues de asumir una figura secundaria en cierto episodio único, logró remontarse a un papel protagónico en el relato hispanoamericano, al que además se le asigna el paradigma de la belleza aunque también, misterios de la literatura, encarna las representaciones del mal, sobre todo en los mitos y creencias populares. En el relato homérico formó parte de un rito de inicio a la vida adulta, prueba en la forja y temple del héroe.
De aquí se deriva que, como objeto del deseo, sea inasible e inalcanzable, por lo tanto la sirena está condenada a ser una expresión desiderativa, pues el amado no encontrará en ella su realización amorosa, más que en las veleidades de la prosa.
Así expuesta la disciplina, la sirenología encuentra su mejor estudio en la recopilación laboriosa de Yo no canto, Ulises, cuento…
Dejo en sus manos y en el centro de sus ojos para su regocijo y deleite el primer sirenario en español que documenta las muy amenas apariciones de la sirena en la narrativa mexicana del siglo XX.

Nota bene: imágenes sobre la sirena de Herbert James Draper y Fredericksen Waterhouse ilustran esta entrada.
lunes, 29 de junio de 2009
LECTURA EN VOZ ALTA
Suscribirse a:
Entradas (Atom)
