Adiós a El Nivel
La más antigua cantina de la ciudad de México cerró sus puertas. Comimos, brindamos, nos embriagamos ahí de tarde en tarde. El espacio de la tertulia etílica más añejo clausura las herrumbosas cortinas metálicas que enclaustraban a sus asiduos durante las horas de la media noche. ¿Y ahora, dónde retumbarán los soliloquios de sus parroquianos?
Adiós a El Nivel.
jueves, 17 de enero de 2008
miércoles, 16 de enero de 2008
lunes, 14 de enero de 2008
Cosmogonía huave
Silencio por luto
Murió Andrés Henestrosa, maestro de las letras mexicanas, luego de cumplir un centenar de años de vida. Queda como un clásico del siglo XX Los hombres que dispersó la danza, florilegio narrativo en el que los sustratos indígenas oaxaqueños provienen del zapoteco, en su vertiente juchiteca, y el huave, lenguas autóctonas que habló hasta que aprendió español a los quince años.
La mitología, tradición y costumbres aborígenes se encuentran en la capa de superficie de cada una de las prosas breves de que está compuesto Los hombres que dispersó la danza, uno de cuyos relatos, “La abeja”, formó parte de El cuento jíbaro, autorizado de reproducirse por su hija Cibeles. De esa reinvención literaria que es “La abeja”, puede desprenderse la cosmogonía de un pueblo no conquistado por la civilización mexica. De ahí su interés antropológico y literario.
Así quedó este apunte en mi libro inédito Dinosaurios de papel: “Las formas propias de la oralidad indígena (consejos, adivinanzas, fábulas, relatos orales) y mestiza (tradiciones, leyendas, dichos, refranes), aparte del caldo de cultivo que significó la herencia hispánica, amalgamaron el humus para el arraigo y florecimiento de esta —dígase de una vez— institución literaria (el microrrelato) tanto en México como en el resto de Latinoamérica.
La interacción y confluencia de esos sustratos puede hallarse en las narraciones míticas con resonancias indianas de Andrés Henestrosa […]”
Henestrosa fue un narrador zapoteco, de origen juchiteco, que ejemplifica perfectamente el caso, pues se trata de un escritor que aprendió español como segunda lengua a la edad de diez años, en quien la herencia indígena tiene un peso específico insoslayable.
No escribiré más para guardar mi luto, que mantendré en silencio releyendo esa obra imprescindible por canónica de la literatura mexicana del siglo XX.
Nota bene: Los hombres que dispersó la danza ha tenido varias ediciones imprescindibles después de la primera, aparecida en 1929 (Compañía Nacional Editora Águilas), 1954 (unam), 1992 (fce) y 1997 (Miguel Ángel Porrúa).
viernes, 30 de noviembre de 2007
Microcuentística
EL MICRORRELATO MEXICANO: CLÁSICOS Y MODERNOS
FERNANDO VALLS
FERNANDO VALLS
Javier Perucho, ed., El cuento jíbaro. Antología del microrrelato mexicano,
Ficticia, México, 2006, 164 págs.
México, Argentina y España han sido los países de habla hispana en los que el microrrelato ha tenido un mayor desarrollo, calidad y difusión. Si a estos países les añadimos Estados Unidos, podríamos hablar de prácticamente toda la literatura universal o, al menos, de toda aquella que nos resulta familiar. Entre los grandes escritores mexicanos que ahora nos ocupan se encuentran nada menos que Julio Torri, Edmundo Valadés, Juan José Arreola, Augusto Monterroso, René Avilés Fabila, Salvador Elizondo, José Emilio Pacheco y Guillermo Samperio, autores todos ellos imprescindibles en cualquier recopilación que pudiera hacerse del microrrelato en castellano. En este volumen se recoge tanto su obra, como la de otros narradores no menos sugestivos. Así, por ejemplo, José de la Colina (nacido en España), Margo Glantz y el más joven Juan Villoro.
Pero, por fortuna, este libro no se limita a ser una antología más al uso, ya que junto a los textos de 56 autores (¡lástima que sólo se nos dé un microrrelato por cabeza!), aparece un prólogo, un epílogo y la correspondiente bibliografía (lamento tener que decir que tan incompleta como arbitraria), así como varios decálogos (algunos de los más célebres dedicados al género y otros encargados expresamente por el autor) sin olvidar un par de antidecálogos, aunque varios de ellos tengan más que ver con el cuento que con el microrrelato.
Citados ya los autores imprescindibles, de sobra conocidos, y sin necesidad de insistir más en ellos –voy a hacer no obstante una excepción con “Relato de Eustolia”, de José Emilio Pacheco–, me gustaría destacar, por su indiscutible calidad, unas cuantas piezas que es muy probable que el lector español desconozca. Son “Taxis y hoteles” (Mónica Lavín), que reutiliza un motivo de El amante, de Pinter; “Cada mujer: un museo” (Luis Humberto Crosthwaite); “Carnicería” (Luis Ignacio Helguera); “El príncipe azul” (Luis Bernardo Pérez) y el texto de Ana Clavel (“Inocencias hitlerianas”). También es preciso llamar la atención sobre un par de narraciones que juegan o bien con el título, como la denominada “Un cuento policíaco, originalmente escrito en alemán, cuyo título es más largo que el cuento mismo” (Javier García-Galiano), o bien con el desenlace, según ocurre en “Fin” (Ricardo Chávez Castañeda). Aunque sólo hubiera sido por su valor literario, ya hubiera merecido la pena haber editado esta antología, que además proporciona una idea bastante creíble sobre cuanto significa hoy el microrrelato mexicano clásico y actual. Así pues, hay que felicitar al autor por haber cumplido con su principal objetivo.
No se nos aclaran, en cambio, los criterios utilizados para componer la presente antología, como tampoco acabo de comprender qué orden guardan los textos. Sorprende, por otra parte, la cantidad de piezas, hasta un total de ocho, en las que se produce la reescritura de algún episodio de la historia o de la literatura. Y no escasean tampoco las que exaltan las virtudes del relato oral; o las que se ocupan del doble (“Conocí a un hombre”, de Jaime Moreno Villarreal); utilizan la hipálage (“Por ventura”, de Marcial Fernández) y la parodia (el de Otto-Raúl González trata de los agradecimientos que aparecen en los libros), procedimientos todos ellos habituales en el género. Aunque, para mi gusto, el microrrelato más curioso y sorprendente sea “Susana y la piedra”, de Ignacio Betancourt.
Tampoco puedo dejar de decir que la edición es tan atractiva y cuidada como todas las de Ficticia, lo que debe ponerse en el haber de su editor, Marcial Fernández, también afortunado cultivador de este género en auge.
(Reseña publicada en la revista Mercurio (Sevilla, España), núm. 92, julio-agosto de 2007, p. 32.)
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