lunes, 5 de septiembre de 2016

BELLEZA, MUERTE Y REVELACIÓN


En el trayecto de nuestras aficiones, nos hemos encontrado con alguna de las facetas de Felipe Garrido, por ejemplo como literato —en sus vertientes de narrador, ensayista, traductor—, editor en ejercicio atrás de sellos capitales en la conformación del México contemporáneo —sep, fce, cnca—, maestro en aulas universitarias fundando su cátedra o en conferencias sobre una de sus pasiones: la promoción de la lectura.
Como lector me lo encontré al cuidado de muchos libros que adoro, cuido y recomiendo. Como escoliasta de la literatura mexicana vigesímica espigué su obra en busca y captura de las representaciones de la sirena —ese animal que catapulta la imaginación literaria desde los tiempos homéricos de la épica— que se amalgaman en su narrativa. Por este basalto prosístico me afilié a una disciplina, la sirenología, una ciencia inexacta que tiene entre sus propósitos humanísticos documentar la aparición del mito de la sirena en los acervos culturales. Y como amantísimo recolector del cuento breve, me llegó un ejemplar de No tengas miedo. Relatos de fantasmas, demonios, hechiceras, chaneques y otros seres por obsequio de Benjamín Barajas. Grande fue mi asombro al sopesar el volumen: hermoso en sus riberas, gratísimo en su remanso narrativo.
Por una ceguera de argonauta, no me percaté en mi recorrido por la obra garridista de las parcelas donde se rotura el misterio, lo fantástico y el horror. Es decir, pasé por alto los monstruos, los fantasmas, las hechiceras y los seres innombrables que atormentan nuestras conciencias. Esos amigos y enemigos invisibles de sombra y sueño que pueblan la realidad cotidiana.
Gracias a la justa compilación de No tengas miedo —debida a la sabia y escrupulosa espiga de Alejandro García—, tenemos para nuestro regocijo de lectura un ramillete de historias de cortísimo palabraje donde lo sobrenatural conquista su reino. Reino que lleva por nombres hogar, aulas, oficina, jardín, estudio, es decir, los espacios donde se devenga el confort, el descanso, la vida íntima o profesional. El misterio, la aparición y el secreto revelado habitualmente suceden en la vida cotidiana de los personajes en ejercicio de sus labores en tales recintos.
Anteriormente afirmé que la belleza editorial acompaña este libro, amorosamente elaborado. La belleza, la muerte y la revelación son también atributos naturales de las historias que fueron acarreadas por el compilador para integrarlo, ya que provienen de diferentes cuentalias, a saber, La musa y el garabato, Historias de santos, Conjuros, Tepalcates, La primera enseñanza y la columna cuentística dominical —“Mentiras transparentes”— que La Jornada Semanal publica.
Ahora vayamos al comentario de las partes que integran el volumen. Cuatro secciones le dan consistencia, más un cuento a manera de epílogo y un detallado estudio sobre la narrativa fantástica garridista. Las ilustraciones —debidas a Rubén Guerra— son objetos que deben destacarse, pues acompañan los relatos e insisten en un detalle de la narración.
En la primera sección, los “Fantasmas” habitan los relatos de apertura. Sus apariciones acontecen como una epifanía, una revelación de la tragedia en la clausura del cuento. Esta revelación se manifiesta por un murmullo, un alma arrojada, una belleza inmutable, por otros seres sin paz que regresan al lugar del accidente o con la aparición de un ser intangible, a veces benigno, otras maléfico.
Cada cuento es un domicilio habitado por dos personajes: el protagonista y la entidad revelada. Uno psicológica o físicamente retratado; el otro apenas insinuado. Ambos entre los ambientes que dan hospicio a lo lúgubre y lo siniestro, los espacios o fenómenos donde el terror infantil por lo común encuentra sus manifestaciones: la noche, el túnel, la oscuridad, la casa, la tormenta.
En los roles de su vida cotidiana, los protagonistas se enfrentan a una entidad ajena a ese mundo de ficción, pero que regresa a él con afán diverso: interpelar a los vivos, redimir una culpa, expiar el pecado, saldar una deuda. Las reacciones de los protagonistas no revelan titubeos, al contrario, ante la aparición de esos fantasmas mantienen la compostura, firmeza y valentía que exige la situación. No se arredran ante el miedo, lo contienen, pero no enfrentan a la entidad aparecida ni la confrontan.
Ahora bien, los adobes con que ha sido levantado aquel domicilio han sido cuidadosamente seleccionados, arreglados y acomodados para levantar los muros que contendrán dicha aparición, nunca abrupta sino dosificada sabiamente. Ésta llega, se revela y clausura el relato. Justo en ese momento se desatan nuestras conjeturas porque este tipo de historias tiene como función interpelar al lector, no sólo dejarlo pasmado ante lo macabro, sombrío o siniestro.
En la segunda sección, “Demonios”, un hato de demonios hace su aparición ya para rogar favores femeninos, pintar picardías en humildes templos o bocetar una estampa bíblica, donde un diablo conduce a Eva y Adán para escapar del Paraíso. Este apartado recoge apenas un manojo de cuentos con diablo. Sin embargo, tan breve sección no deja de sembrar enseñanzas, por ejemplo, la conquista de los fines, la templanza, el embate de la apariencia, la seducción del mal, la vanidad y la promesa.  
En la tercera sección, las “Hechiceras” pueden ser espejos de bondad, maldición eterna, encarnación de la muerte, llamado del más allá. Los escenarios tanto de este apartado como de los anteriores, pertenecen al ámbito rural. Casi todos los cuentos tienen como fondo un pueblo, una comarca —a veces Tierra Caliente—, excepcionalmente otros tienen un trasfondo urbano. No en la gran urbe, sino en los espacios campiranos, mayormente pueblos, rancherías, los espacios abiertos que alojan ríos, cascadas, pozos, llanuras, iglesias donde se producirá la presencia de la entidad ultraterrena. Igualmente casi todos son personajes femeninos, sólo se registra uno masculino, igualmente monstruoso y terrible.
A pesar de ello, la lengua de los personajes no es regionalista, tampoco dialectal, sus pensamientos, hechos y acciones se registran con un habla apropiada a los fines estéticos del autor, en ocasiones con raptos de poesía, otras veces melódicos, calibrado su fraseo con mano diestra y cada palabra hilvanada para provocar un efecto de sorpresa, contundencia y revelación. De cada personaje se define por inferencia o explícitamente su identidad, sexo, credo y clase para gloria de la verosimilitud y conquista de lo fantástico.
La última parte recoge un bestiario, “Otros seres”, extensión natural de las hechiceras, fantasmas y diablos que penan por las secciones antes mencionadas. Cohabitan en ella vampiros, entidades de agua, lobos, momias y tres seres sustantivamente garridistas: el Capora, “un hombre cubierto de vello, enorme, de brazos largos y gran cabeza”; el aoao, que “parece una borrega, sólo que más grande” y con “terribles garras [de] colmillos implacables”, el Gentil, objeto del deseo femenino, “un animal que parece hombre, pero que está cubierto de escamas, que tiene aletas y membranas en las manos, como de pato”, además de un conjuro para atrapar a un nahual.
Clausura el volumen un epílogo a cargo de Alejandro García, que documenta la trascendencia del cuento fantástico, orígenes y variantes en el canon literario mexicano.
No tengas miedo exhibe maestría en la composición y dominio de las estructuras denominadas microrrelato o minificción, ambas consagran a su autor en el género de lo fantástico y lo habilitan como médium para convocar a esos seres inquietos que afloran en la soledad de la casa, en las noches de tormenta, entre las grietas de la conciencia. Estos seres arrojados nos interpelan para arreglar los asuntos del alma acongojada. El misterio, el horror y la imaginación son cualidades que los acompañan.
Maestro Garrido, ahora paso a sofrenar mis temores para decirle que en este último recorrido por su narrativa me encantó el medio centenar de relatos donde la belleza, la muerte y la revelación fincan su domicilio.

Felipe Garrido, No tengas miedo. Relatos de fantasmas, demonios, hechiceras, chaneques y otros seres, selección de Alejandro García, grabados de Rubén Guerra, Ciudad de México, unam-Naveluz, 2016, 122 pp. (Mantícora)

ISSU:

miércoles, 31 de agosto de 2016

SOSA POR ALANÍS



Armando Alanís, “Elucubraciones de un solterón”, en Laberinto, suplemento cultural de Milenio, núm. 684, 23 de julio, 2016, p. 5.

lunes, 25 de julio de 2016

RECUENTO


Reseña a la Anatomía: 


Soria, Antonio, “Ochenta imágenes de un universo”, en La Jornada Semanal, suplemento cultural de La Jornada, 24 de julio, 2016, Núm. 1016, p. 11.

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Comentario a Anatomía de una ilusión

Ignacio Betancourt

Cuando resulta inevitable la complicidad del lector con lo leído, suele considerarse mérito del autor. A veces pienso que cada lector lee lo que se merece (en el caso del libro de Perucho me siento halagado). La diversidad de puntos de vista narrativos goza de cabal verosimilitud en las narraciones. El traslado de personajes de uno a otro texto los robustece (al cuento y al personaje), sabe uno de donde vienen y en su lectura, de manera casi imperceptible, se recrean los antecedentes que los vuelven cercanos. Además, el humor que circula entre líneas anula cualquier riesgo y les otorga necesaria mesura. El barco de la portada es magnífico, los colores de la casa flotando en el mar de la escritura vuelven alucinante la embarcación y el viaje.
Las referencias literarias asoman entre peculiares oleajes narrativos y cierta comunidad de evidencias ordena las mareas. La crueldad de lo real es siempre oportunamente cruel (independientemente de cómo se le presente). Tanto lo referencial como lo figurativo funcionan con igual eficacia en un discurso pleno de guiños. La ironía entendida como máxima expresión del humor (con frecuencia negro) se entreteje cordialmente añadiendo espesor a lo enunciado. Hay textos breves, geniales por su contención (siempre resulta deslumbrante la amplitud de lo breve). Lo ciertamente explícito no requiere de excesos, a partir de un solo enunciado puede reconfigurarse todo.
El tratamiento de asuntos infantiles permite, de manera natural, las peores crueldades. El niño como semilla de casi todo aquello que el adulto consumará. La omisión perversa, lo sugerido, vuelven inagotables las historias. Los personajes que reaparecen a lo largo del libro, en su construcción paulatina se asumen gratos e ingratos con inobjetable verosimilitud; lo extraño y lo erótico se hermanan sin perjuicio alguno para ambos. La cachondería, más que en lo narrado se genera en la manera de contar. El surgimiento del eros, la germinación de lo cachondo, todo eso que es intuición infantil, habrá de marcarnos como destino.
Aunque en anécdotas y peripecias los protagonistas sean infantes o adolescentes, su devenir narrativo los humaniza y hace creíbles las más extremas acciones en contextos que no restringe lo desmesura. Aquello de que “infancia es destino”, en Anatomía de una ilusión se corrobora sin afán alguno de corroborarlo. El placer no tiene edad, o mejor dicho: impregna todas las edades. Son los recuerdos, similares a objetos con peso y textura entre la levedad de lo recordado, con aromas y tonalidades que incluso convertidos en palabras conservan su palpitación. A partir de una afortunada diversidad de puntos de vista, el inevitable monólogo de la escritura se hace polifonía, imaginarios colectivos en donde medio mundo cabe.
Con personajes de todas las edades se construye un mural formidable de ámbitos históricos (identificables o escurridizos), en donde el imaginario apuntala contradicciones sociales tremendas, paradójicas, ahí carencia o abundancia, odio o amor, pasado y ahora (todo aquello que construye subjetividad e invención) deambula en una cotidianeidad palpable. Dentro del más anciano de los seres, habita la niñez como un esqueleto invisible. Finalmente, debido a la mención de Edmundo Valadés recuerdo que en alguna ocasión nos dijo que un buen cuento es aquel que no se olvida; por cierto los que escribe Perucho, son bien recordables.


San Luis Potosí, México

sábado, 16 de julio de 2016

MIRET, CUENTISTA



Javier Perucho, “Pedro F. Miret, cuentista (i)”, en Texto Crítico, Xalapa, nueva época, año xviii, núm. 37, julio-diciembre, 2015, pp. 127-154.