lunes, 23 de octubre de 2017

MINIFICCIÓN EN EL ZÓCALO

Diego Muñoz Valenzuela

Entre el 7 y el 9 de octubre de 2017 se realizó el II Encuentro Iberoamericano de Minificción en la Ciudad de México, en el marco de la XVII Feria Internacional del Libro en el Zócalo, y en la recientemente inaugurada Galería del Centro Cultural El Rule. El Encuentro fue organizado por el Seminario de Cultura Mexicana y la Secretaría de Cultura de la Ciudad de México, con la dirección de Marco Antonio Campos y Javier Perucho. Asistieron escritores, editores y estudiosos de diversos países: México, España, Puerto Rico, Colombia, Ecuador, Perú, Argentina y Chile, país que me correspondió representar, tal como hizo Lilian Elphick el año pasado.
Al inicio del evento fue entregado con mucha justicia habría que resaltar el II Premio Iberoamericano de Minificción Juan José Arreola 2017, otorgado a la trayectoria de un microrrelatista, organizado por la Secretaría de Cultura de la Ciudad de México y el Seminario de Cultura Mexicana, y que este año fue para el escritor argentino Raúl Brasca.



El jurado, conformado por Violeta Rojo (investigadora venezolana de amplia trayectoria), Caroline Lepage (investigadora francesa) y Ana María Shua (escritora argentina, ganadora de la primera versión del mismo premio), decidió entregar por unanimidad el reconocimiento a Raúl Brasca, por la alta calidad y el incuestionable valor literario de su obra. Como parte del homenaje se lanzó una antología personal del autor titulada Minificciones. Antología personal, coeditada por las instituciones organizadoras y Editorial Ficticia (que cuenta con una amplia trayectoria en el género brevísimo).
Como siempre ocurre en los encuentros de microrrelato, rápidamente se constituyen en el escenario de un amistoso reencuentro de una cofradía que goza de buena salud, creatividad, humor y compañerismo. Reencontrarse en algún país de habla hispana es una fiesta, sea en México, Argentina, Colombia, Perú, Chile o donde nos lleve el ímpetu por compartir con fraternidad. La familia de la Minificción va creciendo de año en año, y ganando reconocimiento para el género narrativo breve.
El Cono Sur, representado por Argentina, Perú y Chile, va conformando un polo interesante desde el punto de vista de la creación (un numeroso contingente de autores que cultivan el género de manera importante), la edición (hay editoriales dedicadas exclusivamente o con presencia significativa al género), el estudio (las universidades se van sumando a la investigación de la Minificción) y la organización de encuentros por parte de actores diversos.
De Argentina estuvieron: Raúl Brasca, Premio Juan José Arreola 2017, un autor prolífico y de alta calidad, generoso difusor del género a través de numerosas antologías, animador de encuentros literarios, incansable estudioso; Ildiko Nassr, la irreverente y talentosa jujeña que muestra enormes habilidades cuando se trata de trabajar o jugar con la palabra; Juan Romagnoli, un escritor que demuestra continuamente la profundidad que puede lograr la concisión del microrrelato; Martín Gardella, gran cultor del humor negro en pocas palabras y difusor incansable de la Minificción en la web y la radio.
De Perú, dos indispensables y permanentes animadores de la minificción: Alberto Benza, que a sus dotes de escritor del género brevísimo agrega sus formidables energías de editor (Micrópolis invade beneficiosamente el continente con sus ediciones cuidadas); Rony Vásquez, que combina su ejercicio creativo de autor con las labores editoriales de la revista Plesiosaurio y Micrópolis; a ellos se sumó César Klauer, que exhibe sarcasmo y crítica social en sus breves textos cargados de humor negro.



Caminando hacia el Norte nos encontramos con Solange Rodríguez Pappe de Ecuador, que ejerce sus estupendos oficios en el territorio de la fantasía brevísima explorando lo extraño, y Esteban Dublín de Colombia que, flanqueando el límite con la poesía, nos ofrece el placer del cierre inesperado y la reflexión inevitable. De Puerto Rico estuvo Emilio del Carril, un esgrimista de la ironía, la sorpresa y lo extraño.
Cruzando el Atlántico, llegamos a Islas Canarias (España), representada por el minificcionista y poeta Juan Carlos de Sancho, que añade otros oficios como el de crítico, antólogo y director de revistas. De España también participó Ana Calvo Revilla, profesora e investigadora de la Universidad CEU San Pablo de Madrid.
México es cuna de autores fundamentales del género como Juan José Arreola, Julio Torri, José de la Colina, Salvador Elizondo, José Emilio Pacheco, Agustín Monsreal, una poderosa vertiente potenciada por la residencia de exiliados como Max Aub y Augusto Monterroso, y los recientemente fallecidos maestros René Avilés Fabila y Guillermo Samperio.



En el país anfitrión hay un importante grupo de minificcionistas de oficio, suficientemente probados en cuanto a eficacia en el género, un universo imposible de recorrer en estas líneas. Entre ellos no podemos dejar de mencionar a Mónica Lavín y Dina Grijalva, ambas muy audaces y efectivas en su estilo, temáticas y lenguaje; agudas y mordaces. Marcial Fernández, que se ejercita en la extrema brevedad de manera penetrante y con ironía inteligente, y se da tiempo para dirigir la editorial Ficticia. José Luis Zárate, que a sus celebradas y premiadas dotes como narrador del ámbito fantástico, agrega el ejercicio de la minificción. Alberto Chimal, un escritor con múltiples facetas en el mundo narrativo, irreverente, divertido, cultor de lo fantástico y la brevedad.
Ana Clavel, narradora en toda la línea, con una obra muy reconocida, explora la microficción con una mirada desde lo femenino. Azucena Franco se mueve con destreza en el complejo terreno de lo erótico y lo fantástico. Juan Carlos Gallegos se perfila como un diestro administrador del absurdo fantástico en sus historias. Alfonso Pedraza, a sus propias artes de creador, agrega las de antólogo, tallerista y gran difusor del género. José Manuel Ortiz, dueño de una prosa filosa, penetrante y cargada de sarcasmo, poeta y antólogo.
Podríamos seguir con una extensa lista de microficcionistas que dan cuenta de la importancia del género en México, donde existe una larga tradición: Ana García Bergua, Laura Elisa Vizcaíno, Rogelio Guedea, Cecilia Eudave, Óscar Tagle, Gabriel Ramos, Fernando Sánchez Cielo, David Baizabal y el abnegado organizador, estudioso y cultor del género Javier Perucho; y conste que mencionamos sólo algunos autores que pueblan una galaxia heterogénea.
El II Encuentro Iberoamericano de Minificción se realizó por segundo año consecutivo y así va constituyendo una tradición admirable, de amplia efectividad para la instalación del género narrativo brevísimo. Confirma así México su contribución al género en el ámbito institucional (resultado de una política cultural), que reconoce y acompaña a las actividades de las universidades y las editoriales, y potencia el magnífico y sostenido despliegue de sus creadores.



Más de medio centenar de escritores, investigadores, editores y público general, sobre todo estudiantes, compartimos durante tres días El Rule para compartir novedades, lecturas, debates del ámbito de la microficción.
Hay que señalar a los buenos oficios de Marco Antonio Campos, desde el Seminario de Cultura Mexicana, y Javier Perucho para asegurar todos aquellos múltiples aspectos que conforman un encuentro literario grato, productivo y fraterno.
Sólo echamos de menos el contexto de la Feria del Zócalo, postergada por efectos del terremoto devastador, lo cual implica un doble reconocimiento a los organizadores, que debieron enfrentar no sólo las complejidades propias de un evento literario, sino que las dificultades derivadas de la emergencia. Una razón más para valorar la iniciativa de México, un país generoso, abierto y pleno de afecto, que confirma una vez más su promoción irrestricta e incondicional de la cultura.



¿Qué encuentro o congreso será el escenario del reencuentro con los colegas de la microficción, en qué país, cuándo? No lo sabemos, pero estamos ciertos que ocurrirá y pronto. La narrativa breve encierra una pasión literaria enorme, que traspasa las fronteras de nuestros países, forjando una fraternidad inusual y estupenda, que se mantiene viva gracias a los lazos tan invisibles como sólido de internet, un aliado poderoso. Un fuerte abrazo a todos sus integrantes, sigamos cultivando esta amistad que nos honra.


Octubre, 2017 

jueves, 12 de octubre de 2017

ANATOMÍA DE UNA ILUSIÓN: RESEÑA

ARQUEOLOGÍA DE LA VIDA COTIDIANA

Alejandro Cruz Maya

¿Qué historias sirven para alimentar un cuento? Un tempestuoso amor, una biblioteca que se extiende hasta el infinito, un ominoso dios más antiguo que el mundo; grandes historias que entretejen grandes cuentos. La pregunta es: ¿pueden los sucesos cotidianos, los jirones con los que se construye la vida diaria, urbana, constituir una historia para un cuento? Ésta es la cuestión que sobrevuela el libro de Javier Perucho, Anatomía de una ilusión, una serie de microrrelatos que se alimentan de historias nacidas en escenarios comunes y corrientes como una vecindad de la Ciudad de México, unas vacaciones en la playa o un pasillo de la universidad; partidos de futbol callejeros, guerras entre niños que se agrupan según la calle que habitan, combates de piojos, fugas infantiles en metro que pasan “por las estaciones del leoncito, la gaviota y no recuerdo cuál más”. Realismo por momentos crudo, pero que es capaz de encontrar un lugar para la ficción. Prueba de esto es el cuento titulado “Señora del agua”, en donde, en menos de tres páginas, Perucho relata una historia que va del Mercado de la Viga al enamoramiento entre un hombre y una sirena.
El autor de Enjambre de historias (2015) y La música de las sirenas (2014) teje esta Anatomía con una serie de microrrelatos narrados en primera persona y por múltiples voces, cuya extensión rara vez excede un par de páginas, pero que en su brevedad dejan entrever la realidad, muchas veces negada, de la vida cotidiana en esta ciudad.
La violencia es un tema que se asoma recurrentemente en los cuentos de Perucho. En “Maldito amor”, uno de los primeros relatos del libro, encontramos a una mujer con la cara bañada en sangre a causa de la golpiza que le asestó su marido; violencia que décadas de machismo se han encargado de normalizar: “Qué no ves que así me quiere”, le grita la mujer (Gabriela) a su hijo cuando éste se niega a ir tras el padre para traerlo de vuelta. Violencia que se desata por los acontecimientos más simples, como un pantalón de mezclilla con la valenciana planchada (historia que encontramos en “Doméstica”) y que termina, de nuevo, en una golpiza a Gabriela. Estas estructuras de violencia no son exclusivas de las relaciones entre hombre y mujer, sino que se extienden por toda la sociedad y así lo muestra el cuento “Linóleum”, en el que una mujer es pateada hasta el cansancio por su novia por el simple hecho de haber dirigido la mirada a un hombre en la barra del bar. Episodios de terror como éstos aparecen a lo largo de todo el libro, de la mano de diferentes actores y siempre en diferentes escenarios. Desde los pasillos de una escuela primaria hasta los cuartos de la vecindad, Perucho pone de relieve la manera en la que nuestra sociedad se ha constituido como una sociedad esencialmente violenta, que irrumpe en agresiones a la más mínima provocación y que escasas veces necesita de una justificación para atacar.
Otro hilo que teje la Anatomía de Perucho —y que muchas veces se toca con el tema de la violencia— es el encuentro con la muerte. Varias veces y desde distintas perspectivas, el autor hace acercamientos a este tema: desde la perspectiva del asesino, la del testigo de primera mano, la del que sólo pasaba y se encontró con el cadáver tirado en la playa, o la del que descubrió el cadáver en su cama, como si siguiera durmiendo. “Piedras del río” es una de las historias más impactantes del libro. En ella, Lupe, que tan sólo es una niña, asesina a su padre azotando contra su cara una piedra de río; todo esto ante la orden de su hermano mayor. Igual de interesante resulta la historia narrada en “Padre”, donde un niño de siete años es arrebatado de su sueño por su padre con la intención de llevarlo a contemplar un cadáver que se encontraba tendido sobre el asfalto: “Padre me acercó hasta el cuerpo para decirme: Míralo bien, éste es el rostro de la muerte. En el vaho de su aliento identifiqué aromas de cigarrillo, cerveza, maldiciones y lodo de sarro.”
Sin embargo, violencia y muerte no son los únicos tópicos en Anatomía. A lo largo de los microrrelatos se cuenta la historia (o las historias) de la relación que se teje entre el protagonista de la mayoría de los cuentos y una niña llamada Cristina; relato de amor que se desenvuelve entre la incipiente sexualidad de los dos y las circunstancias que los rodean: a veces es él quien busca un punto adecuado en la azotea del edificio para espiarla mientras se baña, otras veces ella es la que lo invita a pasar a su casa, siempre cuando sus padres no están presentes: “Días después, cuando andaba para la escuela, Cristina me llamó, Cuando vuelvas me tocas por la ventana, me dijo. Y eso hice. Ni la maestra, ni la clase ni la hora del recreo me importaron, sólo quería que avanzara el tiempo para salir corriendo para su casa.”
Ésta es una Anatomía en la que no hay un movimiento temporal lineal sino que las historias y las voces se entrecruzan jugando con el tiempo y los distintos escenarios de la vida urbana. El libro termina con la misma pregunta con la que inició: “Si me preguntaba qué es un cuento, le hubiera respondido con una historia que me confió Cristina cuando don Pedro la encerró en su cuarto. O le contaría cuando a don Manuel, el padrecito, lo asaltaron afuera de la iglesia. ¿Eso formará un cuento? ¿O esas historias no servirán para alimentar un cuento? […]”


Revista de la Universidad

Alejandro Cruz Maya, “Arqueología de la vida cotidiana”, en Revista de la Universidad, nueva época, núm. 157, mayo, 2017, http://www.revistadelauniversidad.unam.mx/articulo.php?publicacion=830&art=18007&sec=Art%C3%ADculos 
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