miércoles, 29 de agosto de 2007

Crónicas

La paz de los estantes (Dedicatorias a Manuel Maples Arce)


Javier Perucho

Los libros que se conservan de lo que fue la biblioteca personal de Manuel Maples Arce, están resguardados en el Fondo Reservado que la Biblioteca Rubén Bonifaz Nuño, del Instituto de Investigaciones Filológicas de la unam, abrió en honor del embajador y poeta estridentista. Este acervo se encuentra parcialmente clasificado y relativamente bien conservado si consideramos la edad, traslados y materiales con que fueron elaborados los libros que lo integran, al cual lo custodian, a izquierda y derecha, los fondos dedicados al siglo xix y a Bernardo Ortiz de Montellano. Rastrear y comentar las dedicatorias estampadas en sus ejemplares, es el propósito de este comentario.
Tuve acceso al Fondo Maples Arce por la gentileza de la doctora Belem Clark de Lara, a quien agradezco su venia y las orientaciones documentales.
A este breve acervo (ordenado en un estante metálico de 14 repisas, con aproximadamente 800 libros) lo encabeza la edición francesa de la Poética de Aristóteles (Société d’Édition Les Belles Lettres, 1932), en un tiraje limitado de “exemplaires sur papier pur fil Lafuma numérotés à la presse de 1 à 100”, aunque no contiene ningún folio que indique el número del ejemplar. En ese orden vertical de los libros, le sigue Claroscuro del sueño (San Luis Potosí, 1972), de Manuel Lara Hernández, quien lo dedicó al poeta en estos términos: “A don Manuel Maples Arce, ejemplo permanente de poesía joven. 5 de septiembre de 1973.” Firma en tinta negra, en preciosa letra manuscrita. Sigue Pájaro cascabel. Adán en sombra, de Margarita Paz Paredes, en cuya portada destaca un dibujo de dos animales fantásticos con rostro de fémina, alas, garras y cola, debido a las ensoñaciones de Leonora Carrington. En escritura que sigue una línea ascendente, la poetisa estampó, “Para el gran poeta Manuel Maples Arce, con lo mejor de mi estimación y afecto”, luego dos jeroglíficos con una transversal que separa el año (1964); se trata de una plaquette al cuidado editorial de Luis Mario Schneider y la autora; no obstante su dedicación editorial, una mano, presumiblemente la del poeta estridentista, enmendó erratas y estilo, verbigracia, corrige el nombre de la pintora, que en el colofón aparece como “Eleonora”; en el poema “Oración por la poesía”, donde ella escribió en el primer verso “Quiero humillarte a ti…”, la caligrafía de Maples Arce enmendó “Quiero humillarme a ti…”.
Continúa otra plaqueta, Barricada, con prólogo de José Mancisidor, de José Muñoz Cota, quien así se la dedica en tinta roja: “Camarada Maples Arce. Con el saludo cordial de…”, y sigue su firma. Como es un folleto todavía sin refinar, supongo que nadie lo ha leído, ni siquiera el camarada Maples.
Me llama la atención, por el lugar que ocupa en la secuencia libresca, José Revueltas, una literatura del “lado moridor”, que contiene esta dedicatoria, en letra de escolapio: “Para Don Manuel Maples Arce, por el gusto de conocerlo y de compartir su conversación. E. E. Marzo 6 de 1981.”
En Bajo el sol del trópico, el tabasqueño Samuel Espadas Centeno, aparte de dedicarle el folleto, reproduce una carta (21 de marzo de 1957) dirigida al embajador Maples Arce, entonces radicado en Otawa. Epístola que encierra las rutinas del cónsul, “La diplomacia es la dueña de tu destino. En esa carrera que ata lazos se vigorizó tu trayectoria. Tu misión no es sólo de recepciones y conmemoraciones, comprendidas en el programa de tu representación, sino de estudio y producción, de propaganda y defensa, de difusión de libros, de intercambios comerciales y de finalidades artísticas.”
La nostalgia por los tiempos idos se expresa en las palabras de J. M. González de Mendoza en su libro Las etapas del nómade: “A Manuel Maples Arce, en cordial recuerdo de los ya lejanos días parisinos, con el viejo afecto de su amigo: el Abate de Mendoza. 15. ix. 1946.”
Los libros de este fondo registran el tránsito latinoamericano, europeo y asiático, cuyos pies de imprenta señalan la errancia diplomática del poeta: Panamá. Montevideo. Madrid. Tokio. La Habana. Kobe. Quito. Caracas. Bogotá. Santiago.
El libro de cuentos Un hombre muerto a puntapiés (Quito, 1927), todavía conserva la tiza azul de la dedicatoria, “A Manuel Maples Arce, con admiración para su obra de revolucionario y de poeta. Pablo Palacio. Quito.”
Otro ejemplar que inicialmente me sorprende —¿qué anda haciendo entre los libros del poeta?—, es El sistema político mexicano, en la edición de Mortiz, que aún conserva la etiqueta de la librería donde fue adquirido —la Salvador Allende de Copilco— y el precio —20 pesos—, aunque a éste ninguna marca lo personaliza.
La guayaba, de Miguel N. Lira, no guarda dedicatoria o firma laguna, pero lleva un colofón que preludia las invasiones del realismo mágico: “Este libro se imprimió en la Editorial del Gobierno de Tlaxcala, en enero de mil novecientos veintisiete, dos meses después de que la ciudad se llenó del olor de las guayabas.” Sigue otro ejemplar, encuadernado en percalina azul, de Poesía (1924 a 1945), en el que Elías Nandino recoge nueve de sus libros y donde escribió parcamente en una blanca: “Para el poeta Maples Arce, con la amistad de Elías Nandino. 1949.” En la siguiente página par se reproduce un retrato a lápiz firmado por Julio Castellanos, en el que Nandino, en la plenitud de su vida, mira fijamente al pintor, la mano izquierda reposando sobre el descanso del sillón y la derecha, sobre la pierna.
En la tercera de forros de Impresiones musicales, su autor escribe un elogio desgastado: “Para el licenciado Manuel Maples Arce, poeta de grandes vuelos e intelectual de vastos horizontes, quien ha prestigiado a México dentro y fuera del país, con la profundamente arraigada estimación de Salomón Kakan. México, D.F., a 7 de agosto de 1956.” Por su parte, la periodista Georgina Durand, en el libro que sigue, estampa su autógrafo en Mis entrevistas: “Al Excimo. Embajador de México, Sr. Manuel Maples Arce, en recuerdo afectuosísimo de la autora para el representante de un país que todos los chilenos llevamos en el corazón. Atentamente, Georgina Durand. Ago. 11-v-50.”
En Teoría de la patria, Rodrigo Miró Suator revela en el subtítulo las preocupaciones de la época (1947): Notas y ensayos sobre literatura panameña seguidos de tres ensayos de interpretación histórica, quien estampó en la falsa, “Para el poeta Manuel Maples Arce, ilustre embajador de México, con la simpatía cordial de (rúbrica). Panamá. Junio-15-48.”
Aurora Marya Saavedra escribió en la página blanca de Ni sin tiempo ni dolor: “Con antiguo y grande respeto, al maestro Manuel Maples Arce, en espera de su aprobación. Cordialmente…”, y sigue el garabato de la firma.
En este acervo sobrevive un ejemplar de Ernesto Cortés Juárez, obra retrospectiva de grabado, que reproduce una selección de los grabados expuestos en Bellas Artes, entre octubre y noviembre de 1970 en la Sala Verde, por el grabador, padre del cuentólogo Jaime Erasto Cortés. Transcribo la dedicatoria: “Querido Manuel: con un cordial saludo.” Rúbrica estampada en tinta negra, trazo rápido y nítida caligrafía.
Armando Solari, “editor de su sola y propia obra”, compuso una Cantata a la memoria de Miguel Hernández, cuyo epígrafe es una vuelta a las consignas desveladas de otros tiempos, “A todos los pueblos de América en esta hora de prueba”. Por supuesto, la dedicatoria también revela las consignas de la utopía: “Al excelentísimo poeta de México y América, Dn. Manuel Maples Arce, este homenaje de admiración desde la otra orilla de Nuestra Patria Grande. Viña del Mar. Mar. 28-ii-50. Rúbrica.”
Perdido entre folletería, revistas diversas y otros papeles de desecho, está Así es Costa Rica. Visión de un mexicano (San José, s.e., 1945), en cuyo primer párrafo del prólogo escribe J. García Monge, “Quiere el licenciado que le haga esta introducción, cuatro palabras. Él manda, yo obedezco”, en el que registra en la página blanca su caprichoso autor: “Al señor Don Manuel Maples Arce, digno embajador de México en Panamá, con el respeto y el aprecio de A. Reyes H. San José, C. R. 10 de agosto de 1945”, firma el entonces jefe de la Oficina Mexicana de Turismo en Centroamérica y cónsul honorario de México, Alfonso Reyes H.
No puedo dar más noticia de los centenares de libros y de sus innumerables dedicatorias. Muchas de ellas fueron manuscritas como fórmulas o expresiones de cortesía. Otro tanto sucede con los ejemplares: hoy son meras curiosidades de arqueólogo literario. Es mejor ya no alebrestar a la polilla y dejar que guarden la paz de los estantes.

Chicanalia

A la espera del alba
Javier Perucho
La recepción de la literatura y el pensamiento chicanos en México ha tenido en las últimas tres décadas constantes vaivenes, ciclos, promociones y nuevos olvidos. En un primer momento a la cultura chicana se le da un fuerte impulso: se proyectan ciclos de cine, se organizan congresos, se le da amplia difusión en los medios y, en el clímax de la cresta, se reflexiona sesuda y académicamente sobre su importancia, vitalidad y aportaciones en el proceso de trasplante de la cultura mexicana, luego se publican las memorias respectivas. Más tarde, inexplicablemente se olvida la literatura chicana. De esta manera, a esperar el arribo de la siguiente ola.
En este nuevo ciclo, los sellos nacionales de mayor impacto social preparan sendas novedades que saldrán de las prensas el segundo trimestre del año. En esta renovada promoción, las casas editoras han vuelto a insertar en sus catálogos autores y obras chicanos, con la exclusiva novedad de que se trata de novelas escritas por mujeres. Son ellas, en el presente, quienes más han contribuido a difundir fuera de su país la literatura chicana.
A esta oleada debemos en parte la publicación de esta “Chicago novelista”, poeta y ensayista, Ana Castillo (Boston, 15 de junio de 1953), de quien hace años —en otro ingrato vaivén de los libros— el cnca publicó aliado con Grijalbo, en tirajes de tres mil ejemplares, en la descatalogada colección Paso del Norte, su novela Las cartas de Mixquiahuala (1994), en traducción de Mónica Mansour y presentación de Gustavo Sainz. En dicha serie acompañaron a Castillo, Estevan Arellano, Óscar Zeta Acosta, Alejandro Morales, Rudolfo Anaya y Ron Arias, quienes conforman hoy el repertorio más sobresaliente de su cultura en Estados Unidos. Después, al claustro del olvido.
Castillo es una autora que escribe sólo en inglés, al contrario de, por ejemplo Lucha Corpi, quien brinca de una lengua a otra en función del género que explora: si aborda un cuento policiaco, empuña su pluma en inglés; si labra un poema, en español. Su obra abarca la novela (Sapogonia, So far from God), el cuento (Loverboys), la poesía (May father was a Toltec) y el ensayo (Massacre of the Dreamers), inéditos todos hasta ahora en nuestra lengua. Repertorio al que debe agregarse su compilación de ensayos marianos, La diosa de las Américas: escritos sobre la virgen de Guadalupe, elaborados ya por los representantes más conspicuos de la literatura y la cultura chicana, ya por mexicanos y latinoamericanos transterrados, entre otros escritores pertenecientes a los más diversos grupos étnicos.
En La diosa de las Américas encontramos ensayos críticos de diversa índole pergeñados por los literatos mexicanos más sensibles al fenómeno guadalupano, muy cercanos a las expresiones de la chicanidad: Carlos Monsiváis, Elena Poniatowska y el artista plástico Felipe Ehrenberg; los compatriotas transterrados que han hecho de su vida en Estados Unidos el asiento de su proyección intelectual: el doctor Francisco González-Crussí en Chicago y Guillermo Gómez-Peña, quien desde Los Ángeles asombra y asusta a sus espectadores anglos con sus performances. El corpus mayor lo conforman los escritores chicanos contemporáneos, de una parte, la intelectualidad feminista: Gloria Anzaldúa, Sandra Cisneros, Denise Chávez, Cherríe Moraga, Pat Mora y Ana Castillo; de la otra, los cronistas del barrio, a saber: Francisco X. Alarcón, Rubén Martínez, Richard Rodríguez y Luis Alfaro. Todos integran un coro de voces, que es indispensable en la república de las letras que se va edificando allende nuestra frontera norte. Voces que dan consistencia al más importante repertorio literario creado por los chicanos en las últimas décadas del siglo xx.
Cierran este inventario mariano Rosario Ferré, Miriam Sagan y Yeye’Woro, cuyos credos, nacionalidades y procedencias geográficas son muy diferentes a los de los mexicanos de la diáspora.
Desnuda mi corazón como una cebolla es la más reciente novela de Ana Castillo, inusualmente traducida al español apenas tres años después de su primera edición en inglés (Doubleday, 1999). Prontitud editorial que debemos considerar ya que la literatura chicana —repito— no es precisamente una de las más agraciadas en la promoción de los nuevos valores, ni mucho menos cuenta con los favores del canon mexicano o estadounidense.
La estructura narrativa y el hilo argumental que sostiene su estructura narrativa son muy sencillos, ninguna aventura estilística o arquitectónica distingue a Desnuda mi corazón como una cebolla; sí, en cambio, la hace diferente la configuración del personaje femenino, su complejidad psicológica y la interacción social de la protagonista. En ella se cuenta la historia de Carmen La Coja, una bailarina de flamenco cuyo rasgo físico es la parálisis de su pierna izquierda, consecuencia de una poliomielitis mal diagnosticada, pero no por su invalidez es menos diestra en la ejecución de su ardiente danza. Asimismo, contiene ciertos elementos a destacar, digamos la proverbial miseria de los mexicanos radicados en Estados Unidos, en este caso en Chicago, aunque este elemento lastra el desarrollo de la historia. Ése es un doloroso elemento para la novelista, que revela su inextinguible origen mexicano; también la distingue una permanente lamentación por la situación extrema en que viven los chicanos y los mexicanos ilegales recién llegados al “paraíso del norte”; el sentido de identidad de los arraigados o expulsados confrontado con el anglosajón, que a su vez es confrontado por la otra vertiente que anima esta ficción: el convivio con otro grupo de excluidos del American dream: los gitanos, un conglomerado social de por sí relegado crónicamente por todas las instituciones. Su intervención da consistencia a la novela, valor social y fundamento estético, pues gira en torno a su vida errabunda, disgregada, aunque sólidamente cohesionada.
Gitanos y mexicanos son los convidados de piedra en el banquete “americano”, quienes en esta ficción son, otra vez, los sujetos del llanto y la miseria; sujetos cuya felicidad y esperanza aguardan su alba.

Ana Castillo
La diosa de las Américas: escritos sobre la virgen de Guadalupe
Compilación e introducción de Ana Castillo, traducción de Mariela Dreyfus, México, Plaza y Janés, 2001, 318 pp.
Ana Castillo
Desnuda mi corazón como una cebolla
Traducción de Ricardo Vinós, México, Alfaguara, 2001, 308 pp.

martes, 28 de agosto de 2007

Chicanalia

Los hombres sin patria

Javier Perucho
Al fin reaparece remozada una edición accesible al gran público de El bandolero, el pocho y la raza, cuya primera edición data de 1994 (unam-University of New Mexico), espiga fundamental para el conocimiento de las representaciones visuales que se han hecho en el mainstream hollywoodense de los mexicanos que migraron a las tierras del Norte, y en particular de los chicanos.
Las literaturas mexicana y estadounidense se han valido de las minorías étnicas que constituyen sus conglomerados sociales para reflejar las carencias y deseos de las respectivas idiosincrasias nacionales. En la mexicana, desde el siglo xix, los escritores han adoptado a los migrantes —los nombres de la diáspora: mojados, pochos, pachucos, chicanos— como espejos de la frontera. En ellos se ha volcado el resentimiento hacia todo lo gringo; en ellos se refleja el complejo de abandono ante la falta de progreso social del mexicano. La sociedad mexicana ha querido ver en ellos una suerte de felonía a la cultura nativa: se les acusa de abandono de las tradiciones, de renegados del idioma, de traición a la matria. El mexicanísimo sustantivo pocho encierra tales acepciones de deslealtad.
Para la estadounidense, los pachucos y chicanos son espejos de obsidiana: salvajes en estado puro, necesitados de orden y progreso material, incapaces de gobernarse a sí mismos. Aunque a sus tierras de origen, las del mítico sur, las han elegido como el paraíso a recobrar, el locus amoenus que ha servido de refugio y santuario a todos los perseguidos, locos y rebeldes (el gringo viejo, el gatillero Kerouac el poeta extraviado en el camino de la droga). Incluso la prodigiosa Trilogía de la Frontera de Cormac McCarthy, puede leerse como una celebración al paradiso que se encuentra al sur del río Bravo.
En la cinematografía de ambos países, las figuraciones visuales del otro siguen siendo las mismas que las literarias, basadas en otros estereotipos más gandallas (la mujer fatal, revestida de tumbahombres; el indolente, el asesino, el traidor, el redimido ante las bondades de la cultura anglosajona), aunque obedecen a otro tipo de fines; es decir, se han pergeñado para la dominación, la legitimación del orden, para preservar la subordinación de las razas que dan consistencia al meelting pot estadounidense.
Para las instituciones mexicanas, los chicanos y los braceros dejaron de tener importancia desde que la calentura por el tercer mundo desapareció con la aspirina recetada por los tecnócratas del viejo régimen al asentarse en el poder. Ése era su designio político y cultural en México hasta el aterciopelado aterrizaje del mandatario que ha hecho de las botas y la hebilla el símbolo de su sexenio, para quien los “paisanos” son una suculenta e inagotable fuente de divisas.
David Maciel ha explorado la imaginería cinematográfica de dos naciones con el fin de hallar las vetas de la exclusión, la denigración y la dominación de que han sido objeto los estadounidense de origen mexicano —porque eso son: estadounidense a secas—; es decir, los chicanos, en este remozado y ahora accesible ensayo, que difícilmente se encontraba en librerías a pesar de ser, por su estudio interdisciplinar, uno de los pioneros en su género. (Norma Iglesias, en dos volúmenes, espigó con gran sagacidad todas las imágenes fílmicas que han llegado del norte en Entre yerba, polvo y plomo. Lo fronterizo visto por el cine mexicano, El Colegio de San Luis, 1991.)
Las perquisiciones del historiador chicano lo conducen a demostrar que tanto el cine hollywoodense como el mexicano, son falsaciones de la compleja realidad de los hombres sin patria que decidieron abandonar la tierra nativa por la incapacidad de las instituciones locales para satisfacer sus necesidades básicas, aunque aborda en su análisis iconográfico y argumental una cantidad abrumadora de churros, películas que difícilmente obtendrán un lugar en el canon fílmico, mas no por eso su arqueología deja de ser valiosa, ya que ha explorado, acotado y registrado el complejo universo de dos imaginarios: el cinematográfico y el social.
David R. Maciel
El bandolero, el pocho y la raza. Imágenes cinematográficas del chicano
Prólogo de Carlos Monsiváis, México, Siglo Veintiuno-cnca, 2000, El México de Afuera, 224 pp.


[Forma parte de la beca del Fonca]

Chicanalia

Saga del argonauta exterminador


Joaquín Murrieta fue el último rebelde que defendió a su comunidad del despojo, el avasallamiento y el racismo. Pájaro Amarillo, el nombre cheroqui del periodista John Rollin Ridge, estableció el mito del héroe y el bandido californiano en Life and Adventures of Joaquin Murieta, the Celebrated California Bandit (San Francisco, 1854), obra que en su ejecución combinó el testimonio, la crónica y la ficción, ayuntados a los recursos del reportaje.
Vida de Joaquín Murrieta es el primer trasvase al español de ese cronicón, debido a un profesor universitario radicado en California, se trata de una descripción sin artificios de “la vida y el carácter” del bandolero que asoló los antiguos dominios mexicanos arrancados por el gran zarpazo imperial de 1848.
En su temprana juventud, cansado de la incertidumbre que imperaba en la nación en germen, Murrieta, nacido mexicano, decidió probar suerte en el país vecino. El Golden Rush entonces se encontraba en su más cálida temperatura. “Tenía entonces dieciocho años, era un poco más alto de lo normal, delgado pero de robusta complexión y activo como un tigre joven. Su tez no era ni muy morena ni muy blanca, sino clara y brillante, y de su apariencia se ha dicho que era, en esos tiempos, en extremo guapo y atractivo”, escribió Ridge.
En California trabajó en la explotación de un rico filón de oro, en compañía de “una bella muchacha sonorense”, mas la buena fortuna fue truncada por la intromisión de una banda integrada por white trash, que les exigió, con los argumentos que mal otorgan los prejuicios del color de la piel y la antipatía de esos hombres de baja estofa, abandonar el yacimiento. Joaquín no se arredró y se opuso con gallardía a la ofensa, pero fue reducido y su esposa mancillada. Junto con su mujer, abandonó la mina para establecerse en un fértil valle arrinconado entre las montañas. Empero los sueños del argonauta estaban lejos de cumplirse: otro grupo de facinerosos localizó su apacible refugio y lo expulsó con el reclamo de ser un “infernal intruso mexicano”. Tales expulsiones no bastaron para negar su derecho y acallar su honor mexicanos. Luego abandonó la minería para establecer una casa de juego. Al volver de una visita familiar, fue acusado de robar la montura en que cabalgaba: su castigo fue amarrarlo a un árbol para azotarlo; el hermano, quien le había prestado el caballo presuntamente hurtado, sin juez ni juicio, fue ahorcado.
La tiranía de los prejuicios, la crueldad, el despojo y el ultraje que se ciñeron sobre su vida y propiedades, lo empujaron a clamar venganza. De ahí en adelante, se esparció una estela de sangre y muerte en su nombre. Asaltos, secuestros, correrías; atracos, ejecuciones, tropelías y asesinatos; más venganzas, otra sangre derramada.
Por el carisma, instrucción, inteligencia y naturaleza de líder nato, a Joaquín Murrieta lo acompañaba una horda de forajidos mexicanos, capitaneada por el sanguinario Juan Tres Dedos, el adolescente Reyes Feliz, el combativo Claudio, Joaquín Valenzuela (compañero de armas del cura guerrillero Jarauta) y Pedro González, espía y ladrón de caballos. Con ellos sembró el terror al rendir su venganza contra los anglosajones, aunque chinos, holandeses y franceses que se tropezaron con él, también se convirtieron en sus víctimas.
La odisea del argonauta vuelto ángel exterminador finalizó cuando una partida de rangers, encabezada por el capitán Harry Love, le dio caza en una hondonada. Ahí murió acribillado. Al cadáver de Joaquín Murrieta le fue cercenada la cabeza para probar su identidad y así poder hacer efectiva la recompensa —de entregarlo vivo o muerto— que se ofrecía de mil dólares. Entonces nació el mito, que se incrustó en los cuerpos extraños del cine, la literatura, el teatro y la poesía, y en los géneros más afines de la leyenda y el corrido. Ese mito hoy pertenece a cuatro de las comunidades que conforman el melting pot estadounidense: mexicanos, chicanos, anglosajones y cheroquis.
Por su formación universitaria y procedencia geográfica (Chile), el traductor Carlos López Urrutia sólo da cuenta en los textos introductorios, aunque minuciosamente, de las historiografías estadounidense y chilena relativas a Murrieta y sus repercusiones en el corpus literario chileno, de igual modo puntillosamente. Sin embargo, olvida sus incrustaciones en las respectivas tradiciones culturales mexicana, chicana y latinoamericana.
La primera aparición mexicana de esta “figura de la mitología bárbara”, se debe a la pluma y afanes editoriales de Irineo Paz, quien en 1908 publicó, al decir de López Urrutia, la versión nacional de Vida y muerte del más célebre bandido sonorense, Joaquín Murrieta; al decir de su nieto, Octavio, el abuelo inicia la publicación de la saga latinoamericana del argonauta exterminador con “el primer relato en español de sus aventuras”. El Nobel mexicano también nos explicó una minucia lingüística, la duplicación de la vibrante múltiple: “Al pasar del inglés al español, Joaquín ganó una ere en su apellido.”
A su vez, las diversas metamorfosis de esa figura de la barbarie, en la literatura chicana se encuentran en fecha tan temprana como 1860, en Joaquín Murrieta, de Brígido Caro, o en la cuentística de Adolfo Carrillo, quien en Cuentos californianos (1922) inserta otra reinvención del mito en el relato “Joaquín Murrieta”; más tarde, hacia el apogeo del renacimiento chicano, Rodolfo Corky Gonzales publica I am Joaquín (1969), título que retoma un diálogo de afirmación e identidad de Murrieta, el cual se encuentra en la narración de Pájaro Amarillo, quien montado en su corcel, se agacha para susurrar al oído de sus enemigos, “Yo soy Joaquín”, para luego incrustarles un plomazo.
Jorge Luis Borges nunca incluyó en su Historia universal de la infamia el relato que recrea, una vez más, el mito del bandido convertido en héroe aztlanense. Quien quiera localizarlo, en la revista Sur ahí lo encuentra desgajado de las Obras Completas.
La nacionalidad del mito Chile se la disputaba a la patria de la que surgió. Disputa que quedó zanjada en Joaquín Murrieta, el Patrio, de Manuel Rojas (Baja California, edición de autor, 1986), quien ahí demuestra irreprochable y documentalmente la nacionalidad del protohéroe chicano.
Joaquín Murrieta, un personaje con tema y circunstancia que finalmente heredó Pablo Neruda, con quien obtuvo la celebridad poética en el mundo de habla hispana por el drama en verso Fulgor y muerte de Joaquín Murrieta, bandido chileno (1976).
Carlos López Urrutia afirma en una de sus notas a la edición que se conoce una sola foto del patriota; reproducirla en páginas liminares de este volumen hubiera sido uno de sus aciertos. Uno solo, pues la edición inusualmente está muy descuidada y la traducción es un engendro.
Al final del “Apéndice”, López Urrutia afirma que “Murrieta, el Patrio para los mexicanos, el feroz Murrieta de la leyenda, no fue chileno. ¡Gracias a Dios!” Dejo pasar la ironía y su sarcasmo. Olvida que, junto con Jacinto Treviño, Gregorio Cortez y Juan Nepomuceno Cortina, los otros bandidos sociales, Joaquín Murrieta dio origen a uno de los mitos fundadores de la comunidad chicana; es la raíz, la razón y el símbolo de su resistencia cultural.
Vida de Joaquín Murrieta, John Rollin Ridge (Pájaro Amarillo)
Introducción, traducción y notas de Carlos López Urrutia, México, Libros del Umbral, 2001, 150 pp.