viernes, 24 de agosto de 2007

Microcuentística

Werther, el circo y las muñecas

A unos meses de que se cumpla el centenario de la publicación del primer microrrelato fechado de Julio Torri, han aparecido al menos cuatro libros de microrrelatos que me interesa destacar: Cuentos tipográficos (2000) de Alejandro Roque; de Leo Mendoza (2003), la reedición de Confesiones de Benito Souza, vendedor de muñecas y otros relatos, de Javier García-Galiano (2002), Circo de tres pistas y otros mundos mínimos, de Luis Felipe Hernández (México, Ficticia, 2002), además de las antologías del cuentólogo mexicano Lauro Zavala La minificción en México, 50 textos breves (2002) y Minificción mexicana (2003), que al compendiar un siglo de escritura y un centenar de autores, proporcionan legalidad artística y legitimidad literaria al género del microrrelato.
“Werther”, el cuento de Torri, fue publicado en un mensuario llamado La Revista, editado en Saltillo (Coahuila), que apareció con fecha de 1 de febrero de 1905, doce años antes de su libro inaugural Ensayos y poemas (1917), la Biblia de la microficción mexicana.
Por este cuento breve considero a Torri como el padre fundador del microrrelato mexicano y del resto de Hispanoamérica, pues hasta ahora es el cuento datado más antiguo del siglo pasado, sin considerar a los relatos breves de autor anónimo que fueron publicados en la sección literaria del periódico El Progresista. Periódico semanario, impreso entre 1903 y 1904, en la ciudad septentrional de Ensenada, Baja California.
Sin embargo, he localizado otras narraciones que valen por su peso protoliterario en el diario La Libertad, en su edición del 28 de agosto de 1879, pero son de autoría anónima. Pero La Libertad se editaba en la ciudad de México y era órgano de información de una capilla dominante, no así El Progresista, publicación omniscia relegada a los confines de la patria; de ahí su valor documental.
Mientras descubrimos más zonas de la arqueología literaria que nos permitan documentar, datar y ubicar el origen del microrrelato, preparémonos para celebrar este primer centenario del “Werther” torriano. Entretanto, sigo sosteniendo mi hipótesis de posibilidad: Julio Torri es el inventor del “cuento brevísimo”, como lo bautizó el maestro Edmundo Valadés en su revista El Cuento.
Ahora bien, hasta dónde llega en ese trío de novísimos narradores el ascendiente torriano. Ubico claramente su presencia en Leo Mendoza, en la prosa sosegada de García-Galiano y en la invención circense, futbolística y de hincha, en la crueldad de los cuentos de hadas que nos vuelve a contar Luis Felipe, en cuyo más reciente libro me detendré para explicar su influjo. Primera influencia innegable: la presencia cuentística de “Circe” en el relato “Pasión”, que prolonga el tema circadeano en el microrrelato mexicano, que apareció por primera vez en Ensayos y poemas, de 1917.
En apariencia, la poética de Hernández no es afín al postulado torriano de la brevedad, por el largo y kilométrico título, Circo de tres pistas y otros mundos mínimos; sin embargo, el título de la portada es engañoso, pues los cuentos, representados en su mayoría por un sustantivo, se ajustan a cuatro características que se desprenden del cuento por homenajear: invariablemente son breves, también concisos, de ahí que su autor halla logrado condensarlos, además exigen una elipsis y contienen una revelación súbita que se desvela en la epifanía.
En consecuencia, la brevedad, la concisión, la elipsis, la condensación y la epifanía son connaturales a los cuentos jíbaros de Luis Felipe. Pero hay más. También son palimpsésticos, pues recrea antiguos mitos que se desprenden de la literatura infantil. Torri tenía como sustrato a Goethe; la narrativa de Luis Felipe tuvo como cuento madre a la literatura infantil, de la que apareció otro texto nunca antes pensado.
La microficción es una literatura putativa.
Respecto a su innovación temática, Luis Felipe es el primer microficcionista mexicano que atrapa en sus redes literarias el mundo futbolístico y lo hace asunto de sus relatos, también ubico como primera aparición temática el mundo siniestro del circo.
Por último, el mundo de la imagen fotográfica es otro gran acierto en la narrativa de Luis Felipe, que se agrupa en la sección “Pajarito, pajarito”, por la que se logra ese afán de los “copiadores”, como llaman en algunas zonas zapotecas a los fotógrafos, de robar el alma de los objetos e individuos, o modificar el rostro de los retratados y en los retratos.
En otro lugar afirmé que como natural extensión de sus talleres y tareas de promoción cuentística, Ficticia se convirtió el año pasado en editorial, consecuentemente promueve el catálogo de los ficticianos, entre ellos a un microcuentista: Luis Felipe Hernández (ciudad de México, 1959), actuario y cantante de ópera en el coro de Bellas Artes, quien en su primer libro de relatos, Circo de tres pistas y otros mundos mínimos, expresa su simpatía, agobios y voluntad de estilo por el género.
De las cuatro partes que lo constituyen, “Cruentos de hadas, “Pasiones futboleras”, “Pajarito, pajarito” y “Circo de tres pistas”, sólo la primera se apega a los elementos primordiales del relato palimpséstico, el cuento de otro cuento; el resto retoma además del chiste, rasgos de la anécdota y el aforismo.
La originalidad del volumen reside en el transplante de los temas que enuncian: el futbol, los cuentos de hadas crueles, la fotografía y el circo. En todos los cuentos el excipit está supeditado al desarrollo de la trama. Un final que se busca primordialmente por nocaut, inapelable.
Hoy lo reafirmo: Luis Felipe es autor de cuentos de una temática original.

Luis Felipe Hernández, Circo de tres pistas y otros mundos mínimos, México, Ficticia, 2002, 119 pp. (Biblioteca de Cuento Anís del Mono)

Septentrión

La fiebre por el narcotráfico

La fiebre por la recreación de los flagelos que causa el narcotráfico ha contagiado las letras del cono sur; esa temperatura literaria principalmente la sufren la novela colombiana: La virgen de los sicarios (Alfaguara, 1999), de Fernando Vallejo, o Leopardo al sol (Anagrama, 2001), de Laura Restrepo, dos de sus ejemplos más recientes; y la brasileña: Inferno (Companhia das Letras, 2000), de Patrícia Melo, que también la padece.
La novela del narcotráfico es un fenómeno literario típicamente latinoamericano, que intenta mostrar cómo esa subcultura carcome a las instituciones, muestra también el grado de su penetración social y, sobre todo, que en la batalla sin tregua entre el Estado y los capos, éstos llevan la iniciativa de combate. De ese encuentro brutal —coinciden la ficción y la realidad— surgen engendros sociales como la impunidad, la corrupción, la represión y la desaparición forzada de la ciudadanía cómplice o inocente.
Los escritores mexicanos no han querido quedarse rezagados en la exploración de esa veta. Ya Óscar de la Borbolla escribió su parodia en La vida de un muerto (Nueva Imagen, 1998). Sin embargo, el tema y su explotación siguen siendo patrimonio casi exclusivo de los narradores radicados en la frontera norte mexicana, pues son ellos quienes más se han impregnado en su trato cotidiano de esos crudos modos e inciviles hábitos de vida. Ellos los han vivido y padecido. Saben de los estragos sociales que ha causado el poder del narcotráfico. Conocen sus mecanismos, la forma de enquistarse en los estamentos sociales, así como la tenia de las adicciones entre los grupos más vulnerables, pero también entre los grupos de poder regional.
El ejemplo más reciente es la novela del escritor sinaloense Élmer Mendoza (Culiacán, 1949), El amante de Janis Joplin, en la que al explosivo tema del narcotráfico, ayunta la pasión del beisbol, los trasiegos de enervantes por la guerrilla sesentera en bendita alianza con el narco, la fugaz aparición de la legendaria cantante del rock ácido, la Bruja Cósmica; la delincuencia organizada en la figura de los representantes de la ley, la tortura a los sedicentes y la impunidad otorgada a los órganos de seguridad. Con esos elementos hace de El amante de Janis Joplin una novela escrita con el más típico léxico de la época (el contestatario, el caliche y el regional), hábilmente estructurada, impecable en sus diálogos y monólogos entretejidos.
Los personajes (los narcos, los guerrilleros, los judiciales, el capo, los presos comunes; las novias, las amantes y las familias) cumplen a cabalidad su papel de protagonistas o comparsas. Y sus motivaciones (ascenso social, voluntad de cambio, poder) son reales por verosímiles.
Ciertamente, Mendoza redescubre esas zonas al norte de la república donde el narcotráfico ha montado sus reales, regiones de las que difícilmente se podrá erradicar, mientras —así se postula implícitamente en la novela— la demanda estadounidense de paraísos artificiales siga a la alza.
El amante de Janis Joplin es el más certero recuento literario de la avasallante subcultura del narcotráfico en las franjas fronterizas, donde se enseñorea, acampa y se recrea en sus códigos, vestidos y gestualidades, léxico, música y leyes.

El amante de Janis Joplin
Élmer Mendoza
México, Tusquets, 2001, Andanzas, 246 pp.

La novela quincenal

Bajo el signo del ocho rojo

No suele pasar que un hombre al llegar a las siete décadas, decida bautizarse como escritor, escritor de novelas, por lo demás. Es una decisión inusual en el mundo de las humanidades, las ciencias y el resto de los campos del saber humano. Sin embargo, en el crepúsculo de su vida o en el alba de los sueños, Gerardo Unzueta no se arredró ante tal desafío; por el contrario, se fijó una tarea nada mundana: con su personal estilo de narrar, domeñándolo libro tras libro, se trazó una meta más de su vida, por la que espero conquiste la perpetuidad literaria. Por lo demás, ya encontró su registro en la historia, el periodismo y la política militante y parlamentaria.
Conocí a don Gerardo hace unos tres años, cuando apenas había aparecido su novela de iniciación, La Grande y el Diablo (México, Galileo Ediciones, 2001), la cual me obsequió con una firma y su respectiva dedicatoria, mientras bebíamos sendas tazas de café en el Konditori de Insurgentes y Félix Cuevas.
Tuve la fortuna de conocerlo gracias a la siempre amigable intervención de Primitivo Rodríguez Oceguera, el migrantólogo mexicano, querido maestro mío, quien junto a otros miembros prominentes de la Coalición por los Derechos Políticos de los Mexicanos en el Extranjero, me habían invitado a participar en los trabajos germinales que prepararían el surco que cosechó la aprobación del voto de los mexicanos que viven lejos de la suave patria; derechos de acción y representación de los que hablaré más tarde brevemente, pues don Gerardo en su foro periodístico, además de las consejerías y las positivas acciones políticas de su partido, asumieron un papel protagónico en su aprobación legislativa.
Regreso al Konditori. Al momento de entregarme en mano extendida el ejemplar firmado, recuerdo por esos procesos de la memoria agradecida, que me pidió, un poco con esa ansiedad juvenil del escritor primerizo, que le hiciera llegar mis observaciones a su novel novela. Le contesté que sí, un poco obligado por la circunstancia, que sería un grato honor llevarle mis escolios a La Grande…, más atraído por las medallas que luce en el pectoral del combatiente político, que por la fascinación que podría ejercer uno de los cuadros de la más añeja izquierda.
Ahora que me lo encuentro, por las maledicencias del azar, en el plantel Tezonco de la Universidad Autónoma de la Ciudad de México, luciendo no aquel pinino literario, sino el primer panel de una tarea que se antoja tremenda por abrumadora: novelar en cuatro volúmenes los momentos decisorios de la izquierda mexicana: las décadas sangrientas, fatales, altamente represivas y de victorias pírricas para el estado ejecutor.
Un cuarteto cuyo panel inicial, La Julia y sus dos ataúdes (México, Galileo Ediciones, 2004), arranca con el registro de las batallas sindicales de los camineros, sus victorias y derrotas, idiosincrasia, hábitos gastronómicos y etílicos, fiestas patronales y santoral revolucionario; el segundo, especulo, yo lector, con las fechas que enumeran la solapa izquierda del libro, abordará el movimiento ferrocarrilero de 1958; el tercero, sigo con las especulaciones, estará dedicado a esa cuenta de los años con que se cifra la ignominia y la infamia, 1968, anualidad que, ya desde su enunciación, nos convida de la trama. 1968, año de la desesperanza de una generación, tercer libro donde el autor recogerá sus experiencias vívidas por vividas en la cárcel, la lógica de su militancia, así como la memoranda del movimiento y la predeterminación política de su partido, el ya desaparecido Partido Comunista Mexicano. El siguiente, continúo especulando con las tramas y los argumentos, narraría el primer triunfo electoral de la izquierda mexicana en una elección presidencial, victoria convertida en derrota por las realidades de la ingeniería electrónica y el poder absolutista del priato. 1988, año de Cárdenas.
Dichos episodios nacionales han sido tocados por la pluma, imaginación y novelería de otros escritores que comparten la misma filiación política de Gerardo, aunque sólo mencionaré a unos cuantos, entre ellos a José Revueltas, que en más de una novela los barruntó, pero exigen su lugar las novelas políticas El apando y Los errores; Juan de la Cabada y Gerardo de la Torre, por sus remembranzas del movimiento ferrocarrilero y simpatía por los desposeídos, además de ciertas prosas de René Avilés Fabila. Cabe agregar en este mínimo recuento de temas y autores, algunos pasajes en las memorias de Valentín Campa. Sin embargo, la década inédita en la narrativa mexicana, hasta ahora y según entiendo, es la relativa al año de 1988, pues sigue siendo una cantera virgen. Todavía no nace la novela del 88.
El desafío, entonces, consiste en novelar cuatro décadas de historia y política. De ese tamaño es la empresa que se ha propuesto Gerardo. Cuarteto que, por cierto, exige gritando un nombre, que hoy —para mí y sólo para mí— llamaré como Cuarteto del Ocho Rojo; empero, no quiero que me acusen más tarde de usurpar las funciones del autor, ya que es tarea del tamaulipeco bautizarlo.
Explico el por qué del nombre. Lo bautizo así por el dígito final de las dataciones, el infinito fatal que representan y porque el color simboliza las batallas en el desierto de la izquierda mexicana, que alegraron buena parte del grandioso siglo veinte. Batallas en las que participó, ya lo dije arriba, Gerardo. Al compendiar el florilegio de esos días, él se convertirá en una de las referencias obligadas en la reconstrucción histórica de las referidas décadas.
Antes de comentar el primer movimiento narrativo, quisiera bocetarles una semblanza de Gerardo Unzueta, nacido en Tampico (Tamaulipas) en 1925, quien además de militante comunista, asesor legislativo, editorialista, diputado, editor y ensayista político, abogó en su columna y actuó en consecuencia, para que se hiciera realidad política lo que el precepto constitucional obliga: que los ciudadanos de la diáspora mexicana puedan sufragar y ser electos en los procesos electorales de la nación. Derecho convertido en una realidad hace dos semanas, al aprobar mayoritariamente la Cámara de Diputados el voto postal de los mexicanos que, huyendo de la miseria, encontraron en Estados Unidos el pan, la sal y el vestido con que alimentar y arropar a su progenie.
Gerardo, su partido —el PRD— y la facción militante que encabeza su hijo en Chicago, al lado de los grupos, coaliciones, federaciones y asociaciones tuvieron la visión, la voluntad de triunfo y la tenacidad política para lograr una rotunda victoria, por la que se reconoce el papel de los migrantes en el fortalecimiento de la democracia mexicana.
Hasta aquí la semblanza. Ahora vuelvo al cuarteto. A su volumen de apertura.
La Julia y sus dos ataúdes compendia las tribulaciones de los camineros que construyeron la carretera transístmica que une el golfo de México con el océano Pacífico, trazada en la misma ruta geográfica que el imperio quiso construir en tierra nativa lo que más tarde sería, en otro tiempo y espacio, el canal de Panamá. Ellos levantaron la carretera que comunica esos cuerpos de agua que arrullan las costas de Puerto México (Veracruz) y Salina Cruz (Oaxaca).
En ese relato, los camineros son agentes del progreso en sus diversas variantes: económico, social, político y cultural. Se trata de esos hombres sin historia que sólo a través de la literatura encuentran su lugar en la épica sordina de los acontecimientos indocumentados.
El fino oído de Gerardo reconstruye el habla popular de los camineros, que es vivaz, folclórica, mordaz, juguetona y pícara; un habla de camaradas, de gentes de trabajo, materia prima de la reconstrucción histórica de La Julia…
Los camineros tienen la misma proyección y perfil de los personajes literarios de Marcel Schwob: humildes, abnegados en su lucha, silvestres, coloquiales en sus identidades, sólo escuchen sus nombres: Chayo, Chicles, David, la Julia, Diablo, etc… Hasta incluso la Grande, protagonista de la primera novela y, por extensión, el Diablo, el otro personaje que vitaliza el relato. Todos ellos están animados por la voluntad de saber, el afán de justicia y la poética de la liberación que despierta los anhelos del oprimido.
Es justamente ahí, en el afán de redención, donde se encuentra el socavón más desafiante, pues el autor en ciertos pasajes explicativos pierde el impulso narrativo, tropieza con ellos y, al erguirse para continuar con el relato, nada más hilvana con la hebra del editorialista, interpela a sus adversarios políticos o explica pasajes de la historia mundial con la inteligencia del analista político que documenta realidades sociales; o bien, en otro momento, disecciona una problemática social para informar, educar y consensar con el público cautivo que lo sigue en sus páginas sabatinas de El Universal. La ficción narrativa no comulga con el análisis político, aun tratándose de una novela histórica, como se pretende la de marras.
De igual modo, La Grande y el Diablo comparte el mismo pecado de origen: el analista político se desboca por la trama, relegando al memorialista, usurpando las funciones del narrador en tercera persona que debe cumplir con su cometido intrínseco: recrear el sustrato autobiográfico con que ha sido amasada esta novela de iniciación literaria. Pecadillo por el que se transita alegremente, pues uno de sus polos de atracción radica en los sujetos reales —la abuela de Gerardo y él mismo— que prestan su personalidad, hechos de vida y modos de habla a los protagonistas de esta ficción.
Concluyo mencionando dos hallazgos de las novelas: la recreación del habla popular con que han sido amasadas las dos novelas, lo que las dota de amenidad, gracia y humorismo, así como el registro de vida de los militantes, pero sobre todo, los códigos deontológicos con que regían sus combates políticos e ideológicos, costumbres, organización sindical y métodos de autodefensa.
Don Gerardo, ahora le entrego de viva voz mi escolio a los tomos de avanzada que darán forma a ese cuarteto de los episodios nacionales, cuya cifra es la marca incandescente del ocho rojo, aunque éste no se convierte en un infinito fatal.
Camarada Unzueta, espero haber cumplido mi promesa, saldado mi deuda y refrendado la palabra empeñada.
Enhorabuena.

Chicanalias